* la ciega

Si te querías echar un buen polvo tenías que ir a lo de La Ciega. Era un tugurio sórdido y pintoresco. Cuando caía el sol la resaca de las calles se arrastraba hasta el bar, y el lugar se llenaba en cámara lenta de borrachos acodados en la barra, punteros yendo y viniendo entre las mesas, maricas en plan de cacería, drogones llenos de promesas rotas, infelices sin talento, pendejos con aires de bohemios, escritores perseguidos por la historia que no llega y alguna que otra vieja torta sentada cerca de los baños espiando sin disimulo. Apenas ponías un pie adentro el olor a aceite quemado te carcomía la nariz, se te pegaba en las uñas, y se fundía en la ropa y en el pelo; hasta la cerveza olía a la “especialidad de la casa”: un revuelto de papa, huevo, panceta y salchichas, con mucha pimienta, que crujía durante toda la noche en sartenes desvencijadas y se servía como asqueroso manjar sin ningún pudor. Debajo de la escalera que llevaba a los privados se apiñaban cajones de cerveza, botellas de vino, varios tachos con restos de comida, bandejas y platos sucios, manteles tirados en el piso y un puñado de moscas verdes sobrevolando el festín.

Era mi lugar favorito. Por las chicas. Las putas de La Ciega no eran bellezas exóticas ni tenían formas descomunales, tampoco hacían servicios especiales ni aceptaban propuestas extrañas. Ibas, la ponías, y te ibas. Así de simple. Pero para mí, lo precioso, lo festivo, era llegar temprano, cuando la “selecta clientela” se reducía a unas pocas caras tristes y cansadas, echarme un par de cañas al ritmo de una cumbia pesada y densa, charlar un poco sobre el clima o la economía, y elegir tranquilo a mi Sherezade de cada noche. Porque a mí me gustaba escucharlas. Nunca les hablaba de mí porque no quería aburrirlas, todos mis días eran el mismo y mi vida era la línea continua del electrocardiograma de un muerto.

De todas, mi preferida era Julieta, o July la Caderas, morocha de pelo ondulado y brazos firmes, con la piel de oliva y manos de concertista. No era la única, claro, porque el deseo llama seguido y la lujuria siempre fue mi pecado favorito; y por otro lado, sería bastante estúpido plantearse una situación de exclusividad o inventarse un enamoramiento con una puta, nunca caería tan bajo. Los días en que la elegía, compraba dos o tres fichas para que no me faltase tiempo, y subíamos la escalera agarrados de la mano esquivando trapos y escobillones que el encargado siempre olvidaba. Arriba, los llantos y gemidos de las borregas fingiendo placer y dolor, la mezcla que tanto excita a los hombres porque se creen machos cabríos, atravesaban las paredes como si nada. A veces era difícil concentrarse con el golpeteo de los cabezales de las camas contra la pared lindante. Los cambios de quincena, cuando la guita en el bolsillo renovaba los ánimos y el vigor, los cuadritos y crucifijos temblaban y se sacudían, pero protegidos por algún santo nunca se caían, y mantenían la mirada vigilante sobre los pecadores que se mezclaban entre las sábanas roñosas. El tono de voz de Julieta era un tanto irritante, demasiado agudo, pero se elevaba sobre el quilombo y, después de coger, prendíamos un faso y yo me dejaba arrastrar por la historia que ella tuviera ganas de contarme ese día. Así me enteré de un supuesto viaje a México, de una carrera trunca, de un hermano proscrito primero y desaparecido después, varios intentos de rescatarse de la mala vida que quedaron en nada, de su admiración por las películas de Torre Nilsson y un malestar crónico en el hígado. De mí nunca supo nada, ni siquiera recuerdo haberle dicho mi nombre. Las pocas veces que hablé, debe haber sido para comentar alguna histórica Prada – Gatica o recordar la epopeya de Firpo ante Dempsey. Después dejó de interesarme el boxeo y me callé.

Fue una noche de frío. Afuera llovía con unas ganas retenidas de quién sabe cuánto tiempo, el pronóstico alertaba inundaciones leves en el bajo; adentro el techo resistía como podía y la humedad de los sacos y bufandas se iba secando al calor de las estufas de kerosene desprendiendo vapores olorosos. El Pejerrey entró empapado y chorreando, se quedó parado en el centro del salón, nos miró con miedo y con la voz firme pero oscurecida nos dijo a todos y a ninguno “Se fue. Lo bajaron.” No hicieron falta explicaciones ni preguntas. Un changarín golpeó con el puño sobre la barra y puteó al cielo, la música de fondo pareció morirse de golpe, los maricas se abrazaron, y todos se pusieron a pensar, supongo, en la mañana siguiente, y en la otra, y en el resto de los días que vendrían. Un par de bigotudos se levantaron y salieron apurados, tal vez asustados y con muchas cosas que resolver antes de fugar; otros hicieron fila para usar el teléfono, avisar a la familia, idear un plan de acción. Yo sabía que todo era inútil, la máquina se había puesto en marcha hacía rato y ya era tarde para frenarla. Pensé en mis libros y en el sindicato, en las marchas y las visitas a la comisaría sin registro de entrada. Pensé en la despedida de mi vieja y en el Peugeot que tenía en el taller y que nunca recuperaría. Apuré el trago. La Caderas estaba trabajando y yo no tenía tiempo para esperarla. Me levanté las solapas del sobretodo y salí a la calle a enchastrarme los zapatos con el barro.

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18 Respuestas a “* la ciega

  1. Me ha gustado el ritmo y las descripciones que nos planteas. Tus personajes respiran a traves de tus letras. Intenso y sentido. me ha gustado mucho.
    Un saludo

  2. Lográs poner al otro en el lugar, y eso es muy valioso. Me agrada tu estilo de escribir, no, no es de escribir, es de contar, de narrar.
    Es como si se lo estuvieras contando al otro en voz baja.
    Muy bueno

    Saludos

    • Me gusta tu apreciación del tono de voz, Almita. Es posible que sea un hilo conductor a través de todas las historias, considero que lo más importante es contar, y para ello tenemos que utilizar las voces más claras quepodamos a tal fin.
      Saludos!

    • Jajajaja, gracias Anne! Vamos a ver si para la próxima incursionamos en otros estilos musicales, tal vez un corrido o alguna chanson… veremos. Saludos!

  3. Me ha gustado mucho, pero creo que me estoy perdiendo una parte: necesito la explicación que a ninguno de los presentes les hacía falta sobre el que se fue.
    A parte de eso me parece un relato muy bueno, como todos los tuyos. Sórdido pero a la vez bello, y siempre como en el lindero de algo trágico.

    • Fanou, no creo que te estés perdiendo de mucho. Sólo que el relato envuelve algunos acontecimientos más próximos o identificables para nosotros los argentinos, y tal vez por eso haya en él una parte no tan clara para el resto. Gracias por leer! Buena suerte y más que suerte!

  4. ¿Qué tienen los garitos de cuarta que nos hacen acercarnos a ellos como sabuesos a la presa?
    Tu relato tiene ritmo de bajo fondo, de prisa, de arrebato, tiene la pesadez del aire que se respira en esos antros y el innegable hipnotismo que producen las polillas.
    Se me antojó a Manuel Rojas, se me antojó a Maximiliano Provenzani. Me quito el sombrero y le hago una reverencia a tu muy bien logrado relato.
    Muchos saludos

    • Tus reverencias son aceptadas (pero totalmente inmerecidas). Me alegra que te haya gustado, y como no puedo responder todavía a tu pregunta inicial, creo que debo seguir recorriendo estos tugurios para averiguarlo…
      Saludos!

  5. Creo que podría decirse que este relato tiene “atmósfera”, como si estuvieras ahí. La descripción minuciosa pero sin caer en la sobreescritura me ha parecido muy buena. Pinceladas que dicen más de lo que hay escrito y el final abierto para que cada uno se monte su historia.
    Salut
    PD: comí pejerrey en Perú.

  6. Cuando empecé a leer a Hemingway me acuerdo de algo que nos decía un profesor: fue de los primeros que le puso olores a la literatura.
    Me acordé de esto mismo leyendo tu relato. Se puede oler… y es terriblemente bueno.
    En realidad, creo que es un mundo tan real que por eso te deja todas esas sensaciones.
    Salut!

    http://voyacambiar.wordpress.com/

  7. Magistral relato!…Fiero el lugar ese, me lo fui imaginando al detalle y hasta me daba como asquito…me gustó muchísimo, tiene las omisiones justas para que uno entienda sin que se nombre y eso es un plus en este tipo de relato, crea una cierta complicidad “entre lo que no me decís y lo que te entiendo”. Insisto en el gusto que me da haber encontrado tu Blog. Saludos!

    • Si, lugar fiero fiero, pero tenía sus encantos Claudia. Ahora, lo de magistral lo veo un poco excesivo, pero me lo quedo igual!
      Gracias por leer! Saludos!

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