* verde manzana

Existe un perfume peculiar, no extraño ni desconocido por nadie, que funciona para mí como una máquina del tiempo. El olor a shampoo de manzanas verdes, fresco y brillante, lleno de vida y de primavera, me transporta instantáneamente a mi infancia. Siempre al mismo momento, siempre a la misma imagen. Me llevó tiempo darme cuenta, primero no lo reconocía del todo y no podía identificarlo con seguridad, pero sí notaba en mí la sensación grácil y reconfortante de volver a ser un niño de 11 años. No comprendo bien el fenómeno y no me preocupa averiguar cómo funciona, sólo sé que apenas entra en mi nariz y estimula mi cerebro atontándolo un poco, me remonto una y otra vez a aquellas maravillosas vacaciones que pasé en el mar, aquel hermoso lugar en donde vi por primera vez una mujer desnuda.

Mi tío Lucho me quería casi como a un hijo, como al hijo varón que le faltaba, porque le había tocado en suerte ser padre de dos nenas; por este motivo, y considerando que mi destino parecía ser quedarme en la ciudad durante todo el receso escolar, tuvo un acto de nobleza y como regalo de Reyes me invitó a irme con ellos a la playa. Ese verano mis tíos se habían comprado una carpa enorme para vacacionar en familia y tomar contacto con la naturaleza. Recuerdo que la propuesta me fascinó desde el principio, el gran plan era instalarnos en un camping y vivir todo el día al aire libre, con playa, sol, árboles, muchos insectos y comida casera. Genial. Si bien estábamos en medio de médanos de tierra y arena, rodeados de frondosos árboles y algunos arbustos, el camping tenía ciertas comodidades básicas para mantener el espíritu familiar; electricidad, baños bien equipados, despensa generosa, y parrillas comunales. Acampamos a unos cien metros de los baños, y los recorríamos varias veces por día, a cualquier hora, incluso de noche. Cada día, cuando salíamos de bañarnos luego de disfrutar las largas jornadas de playa, durante todo el camino de vuelta hacia nuestra carpa, el único aroma que yo olía era el del shampoo de manzanas verdes. Era una sensación refrescante que entraba por mi nariz y me explotaba en los poros que volvían a respirar después de tanto sol. En ese momento no me recordaba a nada en particular ni me transportaba a ningún lugar, simplemente me ponía contento. Me dormía con ese perfume y soñaba con el día siguiente, con más playa, con más sol, con más juegos, con más vacaciones en familia.

La madrugada del último día que pasamos allí, me desperté muy temprano apremiado por la necesidad. Como había recorrido ya cientos de veces el camino hacia los baños, y la claridad del alba alumbraba lo suficiente, no necesité pedir ayuda ni compañía y dejé que mi tío Lucho siguiera durmiendo. El sendero que se había construido para facilitar el acceso era bastante precario, habían colocado listones de madera a modo de piso para evitar la fatiga de caminar y hundirse en la arena, y una soga blanca a cada lado fijaba sus límites. Hacia ambos lados del camino, pasando las sogas, crecían unos arbustos horribles y espinosos que daban una sensación fría y distante, casi peligrosa, contrastando con el resto del paisaje. Cuando regresaba de mi tarea, ya sin apuro, la inmensa tranquilidad me apabulló, no había nadie a la vista y no se escuchaba absolutamente nada, parecía como si todos hubieran desaparecido por la noche y me hubieran dejado allí solo e indefenso en medio de un páramo. Lo que más me perturbó, lo recuerdo bien, es que el único olor perceptible era mi preferido, manzanas verdes flotando en el aire. Supongo que porque estaba aún medio dormido me dejé llevar creyendo que soñaba; me aparté del sendero y comencé a seguir la huella de las manzanas.

Caminé entre los arbustos con dificultad, los pies se me hundían en la arenilla y las mangas y piernas de mi pijama se rasgaban con las espinas que parecían hacerse más grandes conforme yo avanzaba. Algunas ramas me rasparon la cara y las manos, pero no me importó y seguí adelante como hechizado, mientras el perfume se hacía cada vez más intenso. Llegué a un claro, donde corría un pequeñísimo hilo de agua que transformaba arena y  tierra en un lodo pegajoso y desagradable. Y allí la vi. Espléndida y pálida. Desnuda y etérea, tendida de costado en el suelo, con sólo la cabellera negra cubriéndole parte del cuerpo frágil. Me asusté y me excité al mismo tiempo, nunca había visto un cuerpo de mujer al natural, ni siquiera el de mi madre. Un cosquilleo eléctrico me recorría y me paralizaba al mismo tiempo, descubriendo en mi cuerpo sensaciones que nunca había imaginado. No podía quitarle la vista de encima y la recorría una, y otra, y otra, y otra vez; no tenía idea de que hacer ante tanta belleza, estaba superado por las circunstancias y no sabía si salir corriendo o quedarme allí eternamente, admirando mi descubrimiento. Manzanas, manzanas verdes. Toda ella olía a manzanas verdes, su cabello húmedo la delataba.

Se llamaba Natalia. Tenía catorce años y dos horas de muerta. La policía no supo darnos mayores precisiones acerca de lo sucedido. El camping fue cerrado por la temporada y creo que jamás volvió a abrir sus puertas. Mi tía tuvo un ataque de angustia y depresión que le duró varios días; mi tío Lucho no habló del tema, ni de ningún otro, hasta que volvimos a Buenos Aires. Mis ansiadas vacaciones culminaron tan sorpresivamente como habían comenzado, y nunca supe por qué.

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15 Respuestas a “* verde manzana

  1. Revolviendo entre tus cosas encontré este magnifico relato. No hay sensación más fuerte que nos transporte al pasado que la de los olores. Me ha encantado.
    Aprovecho el viaje hasta tu casa para traerte una invitación. Forme una fiesta en mi casa. No hace falta que vengas de etiqueta. Prometo algún regalo. Estamos en la sala “¡Un brindis por ellos”
    Te esperamos…

    • Comparto tu opinión, Piper, por eso me aferré a esos olores para este texto. Gracias por revolver entre mis cosas! Ya mismo paso por tu fiesta…

  2. Me atrapan tus sensaciones. La sencilla exposición de los recuerdos. Los reflejos condicionados que se gestan en la niñez y nos persiguen de por vida. Los olores mágicos y los sentimientos constantes.
    Un abrazo y gracias

  3. Espero que el protagonista tardase muchos años en romper su inocencia con la respuesta a la pregunta que se plantea al final del relato. Espero que ese romanticismo le cegase muchos, muchos años, tal vez de por vida, a pesar de haber encontrado otras muchas respuestas.
    Porque somos frágiles y el mundo es terrible.

  4. Bello relato, y terrible al mismo tiempo.
    mantienes al lector, (o por lo menos conmigo lo lograste) enganchado de punta a punta soltando la cuerda poco a poco hasta llevarlo a un final inesperado…
    me ha resultado toda una aventura tu escrito.
    Muy, muy bueno.
    Saludos!

    • Muchas gracias Camaché, espero que encuentres más cosas que te gusten por aquí, y que puedas disfrutar de los relatos como aventuras.
      Saludos y gracias por leer!

  5. El final me ha parecido muy bueno, por lo inesperado. Da una dimensión especial al relato.
    Yo también tengo un olor especial que me transporta al pasado, el de los cirios.
    Salut

    • Gracias por tu comentario Blopas, espero que encuentres mas relatos de tu agrado. Pasé por tu blog y me resultó muy bueno e interesante, recomendable. Saludos!

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