* mamushkas 7

No fue difícil encontrar un taxi, esa zona siempre está llena de turistas que necesitan transporte. Subimos y lo primero que hice fue bajar la ventanilla para que el viento me vaya despejando la cabeza, me gusta viajar así, me encanta ver la ciudad en movimiento sintiendo la brisa en la cara. Olga se puso a sacar fotos a todo lo que veía y a cada captura me miraba como esperando aprobación, a mí me importaba muy poco y le sonreía sin mirar lo que me mostraba, mis preocupaciones iban por otro lado.

El chofer del taxi era un tipo corpulento, pasaba los treinta y tenía unas manos enormes, pesadas y callosas; curiosamente también era pelado como el del appart, pero más gordo y menos perfumado. Casi no tenía cuello, era una masa uniforme y  la cabeza brillante y lustrosa se le unía directamente con la espalda enorme y ancha, parecía sacado de esos programas de lucha libre, lleno de forzudos que fingen revolearse y pegarse durante tres minutos en un ring para entretener a los chicos. Por momentos se me hacía extrañamente familiar. Venía escuchando una radio de viejos hits de rock nacional. Cada diez segundos le tiraba por el espejo una mirada no muy disimulada a Olga y tarareaba un poco de la canción que sonaba. “Calor, eh…” nos dijo. “Si, es la humedad.” le contesté por reflejo y me callé, creyendo que la señal de que no tenía ganas de conversar con un desconocido había sido bien entendida. Cuando giramos para tomar el bajo para acelerar el recorrido, el calvo suspiró y meneó la cabeza, señaló con el índice derecho sin soltar el volante y me espetó: “Acá nomás esta la Villa 31, ¿viste?”. Mierda, quiere charlar, pensé.

La voz se correspondía absolutamente con la apariencia de Roque, como después supe que se llamaba nuestro conductor; era una voz grave y sonora, que retumbaba por todo el taxi y quieras o no te hacía escuchar lo que decía, era como un llamado de ultratumba. A pesar de mi mal día traté de ser educado y le respondí con cordialidad, no me gusta tratar mal a la gente. Además, ese gigante me daba miedo. “Sí sí, acá nomás”. Grave error. “Porque hoy estaba mirando en el noticiero un informe, de acá de la villa. Se metió uno de los periodistas, ¿viste esos que te tiran la posta? Y eso es un caldero, loco, mucha delincuencia, mucha inseguridad, un desastre. Son todos chorros. ¿Y sabés qué es lo más loco de todo?”. Obviamente era una pregunta retórica, por más que le dijera que sí, que sabía, o que no me interesaba, me lo iba a decir igual. Me encontraba atrapado en medio de un monólogo político social de un tachero porteño. En los dos segundos de pausa consideré la posibilidad de abrir la puerta y tirarme del auto, total, el sábado me estaba cagando a palos y tal vez fuera mejor tomar una posición activa en el asunto.

Como adivinando mis intenciones, Roque aceleró un poco y me miró, ya no por el espejo sino girando completamente la cabeza y dejando de mirar el camino, lo cual me inquietó bastante. Era evidente que la providencia estaba poniendo a prueba mi fe. “Hay una red criminal que opera en la Villa, y está manejada por Sendero Luminoso, ¿podés creer? ¡Sendero Luminoso!”. Ok, demasiado. La mandíbula se me desencajó y los ojos casi se me salen de las órbitas. ¿Cómo es posible que este energúmeno crea realmente que una guerrilla desaparecida hace casi veinte años opera clandestinamente en un asentamiento de Buenos Aires? “Posta eh, lo vi hoy a la mañana en la tele. Este país está mal, mal. Así no se puede seguir.” Cuando salgamos de la avenida me tiro.

* continuará

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