* el plan maestro

Así como me ven, soy un genio. Soy extremadamente bueno en todo lo que me propongo. Disculpen la soberbia, pero no es fácil ser brillante y vivir con ello, se torna tedioso e insoportable la mayor parte del tiempo. No tiene gracia. Me aburro. No hay desafío, no hay emoción, los resultados son predecibles, cualquier competencia es desleal. No es que el resto de ustedes sea corto de entendederas, o faltado, o con alguna falla de fábrica, ni que no se esfuerce en pensar, ni que no se le caiga una idea. No. No es que la gente haya desperdiciado sus años en la educación tradicional, tampoco es que sea floja y prefiera que alguien haga y deshaga sin preguntarle nada, ni siquiera es que pierda su tiempo mirando TV o inmersa en construcciones sociales e intelectuales arcaicas. No radica allí la diferencia. Simplemente el resto de la gente no es como yo. Es mi problema y me hago cargo. Soy un prodigio.

Advertí esta condición desde muy pequeño, obviamente, y en esos primeros momentos me fascinó la idea de superioridad, como a todos los niños. El descontento llegó poco después, al darme cuenta de que no había variables de riesgo, no había probabilidad ni estadística alguna que me jugara en contra, era infalible. Con esto me refiero a que no conocía el fracaso, comprendía perfectamente el concepto pero no podía experimentarlo naturalmente. Supe que tendría que hacer algo al respecto, pero hasta entonces me disfracé de niño normal y corriente, y continué como si nada ocurriese conmigo, para evitar las miradas y comentarios de la gente simple que todo teme y cuestiona. Confieso que no la pasé del todo bien esos años. Las cosas hubieran sido mejor y más llevaderas si nuestra sociedad se permitiera desarrollar y ejercer el sentido crítico, el cual es fundamental para la idea de progreso, en todo sentido. Nótese que para el común de las personas la visión de las minorías es siempre errónea, incomprensible, peligrosa, beligerante, subversiva. Y no se trata de prejuicios, intereses, filosofías, creencias, ignorancia o simpatías. Se trata de miedo. Miedo a cambiar, miedo a interrogar, miedo a elegir, miedo a sacudirse del lomo cuestiones arraigadas como parásitos.

Hasta entrada mi adolescencia hice lo que pude, o sea, hice más de lo que se esperaba de mí, y lo hice mejor. Pero en mi interior yo sabía que algo no estaba bien. Todos me parecían unos idiotas, mis pocos amigos se alejaban vencidos por mi arrogancia, la autoridad paterna se deshacía en ingenuidades y lugares comunes, mis actividades se convertían en enormes frustraciones al no requerirme ningún esfuerzo. No me era posible conocer ninguna mujer a la que no considerase estúpida y superficial, lo cual era terrible para ellas. Porque además de todo, la sinceridad ocupaba uno de los peldaños más altos de mi escala de valores, así que les soltaba mi opinión sin tapujos y las abandonaba sin piedad bajo ese argumento irrebatible. ¿O acaso creen que es posible amar a un estúpido? No, no es posible. La caridad no es amor, ténganlo en cuenta, es un consejo valioso.

No era justo, ni para mí ni para nadie. Porque si para mí era incómodo, imagino lo que sería para ustedes el compararse conmigo y descubrir las enormes diferencias. Nadie necesita semejante baldazo de realidad. Entonces decidí elaborar un plan, el gran plan maestro que cambiaría el rumbo de las cosas, o al menos las torcería y me dejaría experimentar alguna nueva sensación. Equilibraría la balanza. Como en todo gran plan, la efectividad del mismo se basaba en su simpleza. Me desafié a mí mismo a lograr lo único que nunca había podido hacer, perder. Finalmente había encontrado la motivación que me hacía falta para soportar mis días de tribulaciones y hastío. Todo mi empeño fue en esa dirección, quería conocer esa sensación de pérdida que me era ajena, de tragedia, quería saber de qué se trataba todo aquello de angustia y ansiedad, de la ilusión y la fe, el dolor de salir segundo, la vergüenza de reprobar un examen, la ignominia del amor no correspondido, el ser abandonado en un altar.

Yo los envidiaba. Si, aunque parezca absurdo, yo los envidiaba. Me maravillaba la manera que tenían de flotar en la rutina, sin cuestionar, aceptando que la vida pasa sin más. Me moría de envidia al verlos tan tranquilos, sin ansias ni anhelos, ocupándose de la superficie del asunto; siempre me pareció conmovedor el modo en que se esconde el problema para evitar un peligroso sismo de la fe, la grieta en el modelo que lo ponga en crisis y nos obligue a decidir. ¿Sería la mediocridad el instrumento de preservación que nos protegía del colapso? ¿Podía ser tan desagradable y artero el instinto de una especie?

Durante años me aboqué a ejecutar al detalle mi proyecto de búsqueda e investigación. Fracasé y fracasé una y otra vez. Me convertí en el más fiel de los perdedores, en ejemplo absoluto de los inútiles, en sinónimo de la derrota. Mi plan resultó perfecto, infalible, indestructible, inmejorable. ¿Se dan cuenta de la crueldad del resultado? Pensé en matarme cuando descubrí la paradoja, el horror del problema sin salida del fracaso logrado. Estaba en un nivel demasiado básico de interpretación, en un punto de no retorno. No había logrado nada, estaba de vuelta en fojas cero. Vacío, sin fichas, otra vez en la meseta, al rayo del sol que me partía la cara mientras me decía “sos un imbécil como todos”. Tuve que optar rápidamente, para no enloquecer, entre mantenerme firme e inventarme otro pasatiempo que me incentive, potencie y me de respuestas, o seguir jugando sin riesgo cómodamente sobre este tablero lleno de peones que defienden el cadáver podrido de un rey al que nunca le vieron la cara. Fue muy fácil elegir.

Me fundí en la piel de un oficinista en su tercer matrimonio, tres hijos, de vez en cuando algún ascenso irrisorio en el banco, mismo salario. Cena a las nueve y cama a las diez y media. Poco sexo. Tres diarios por la mañana y el noticiero de las siete religiosamente. Los sábados tenis, los domingos a misa. Un traje azul, uno gris, uno marrón, y el smoking por las dudas. Viva el fútbol y este gobierno apesta. Cincuenta mil al año, no está mal. Casita de fin de semana en las afueras, vacaciones en Brasil. Todo en orden. Sigo siendo un genio, pero me rendí.

15 Respuestas a “* el plan maestro

  1. Tenías razón. Seguí leyendo cosas en el blog y he encontrado escritos muy buenos, como éste.

    No sé exactamente la razón pero se me ocurre una idea para interpretar el texto de una manera distinta. En la vida hay algunos moldes, las personas se casan, tienen un trabajo de oficina y cosas así. Los genios simplemente no se acomodan a esos moldes, con algunos extremos como el de esta historia, pero creo que eso es lo que no tenemos que hacer.

    • Gracias por el comentario, Juan; me alegro de que sigas hurgando por el blog y encontrando cosas de tu interés.
      Buena suerte y más que suerte!

  2. Yo también me rendí, pero la rendición tiene distintas caras, las hay dramáticas, las hay silentes, las hay estúpidas, patéticas o simplemente las hay. La rendición implica conservar ante todo la vida, qué es la vida sino la esencia de uno mismo.
    Me gusta esta rendición, no le debo nada a nadie, no sorprendo a nadie, no redimo a nadie y todo sigue girando. Quién soy yo? Sólo yo lo sé y eso es bastante.
    Los héroes están todos bajo tierra, los que nos rendimos, contamos la historia.

    • Me encanta cuando se pueden compartir de manera tan sincera nuestros puntos de vista.
      Ansío que todos podamos saber quiénes somos para afrontarlo con tranquilidad.
      Buena suerte y más que suerte!

  3. chino, vengo atrasado con la lectura.
    noviembre me pareció muy perturbador. es impresionante todo lo que hay detrás de ese relato, todo lo que no se lee pero te destroza.

    pero este… ya me lo habían recomendado. este es terrible: me siento el blanco de un asesino a sueldo.

    vamos para adelante!

    voyacambiar.wordpress.com

      • yo no creo que nos asesine, me da mucha pena su resignación, y me parece q es una resignación de la que no se vuelve.

  4. ¿No se da cuenta de que tiene una gran carencia? ¿Es que su raciocinio no le deja ver que no puede sentir emociones?
    Amor, miedo, intriga, felicidad, fascinación, tristeza…
    Que lástima. Y que miedo. Es un psicópata en potencia…

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