* los orfebres

Volví a soñar con los orfebres, mis demonios recurrentes. Esta vez fueron más benévolos que las anteriores, más gentiles. Me trataron como a un viejo conocido. Es posible que yo también sea para ellos una molestia recurrente, el visitante inesperado que interrumpe sus labores soñándolos cada tanto. Seguramente no sea el único, seguramente haya muchos más como yo; muchos más temerosos y pusilánimes soñadores que involuntariamente visitan esta fragua sin poder evitarlo, muchos más que sudan y sudan al calor y las llamas de los hornos rojos, sin oponer resistencia alguna mientras ellos, los ancianos de barbas milenarias, trabajan sobre nuestros cuerpos humeantes.

Con precisos cinceles y afiladas gubias labran mi cuerpo a voluntad, hundiendo, arrancando y retorciendo piel y carne, abriendo infinitos ríos de fino caudal por donde corre lenta mi sangre viscosa. No siento dolor ni sufrimiento, acepto mi papel con naturalidad y me dejo hacer. Me siento orgulloso, me siento diferente, me siento especial. Estos laboriosos artesanos han elegido mi vasta superficie para ejercer su arte con maestría. Ojalá te elijan también algún día para que puedas entender con plenitud lo que te cuento; ojalá no pase mucho tiempo antes de que puedas sentir el placer de ser como yo, génesis de una obra magnífica.

Mis antebrazos son carne viva, y sobre ellos están tallados ahora poemas y arcanos indescifrables que mantenía ocultos dentro de mí. Profundidades que los orfebres generosos supieron ver y revelar puliendo pacientes el amasijo áspero, tosco y grotesco que yo era hasta antes de soñarlos la primera vez. Las líneas de mis manos están cubiertas con delicados hilos de oro, y la vida, la fortuna, el amor y la muerte se alternan en destellos intermitentes. Cuatro alfabetos diferentes están grabados en mi espalda, y cada uno de los signos que los conforma lleva cosido un rubí diminuto, apenas perceptible a la vista, que irradia calor y calor. Estoy en la última fase de transformación; seré una joya exclusiva y única, que no estará en venta ni en exhibición, que no existirá nunca en ninguna parte salvo en mis deseos más hedonistas.

El más antiguo de los tres, al que supongo maestro, revisa los detalles del nuevo objeto en que me he convertido, y le da el toque final. Con un delgado hierro hecho brasa escribe en mi frente una sola palabra, el nombre, la marca, el verbo; me han arrancado los parpados cuidadosamente para que pueda observar su amargo rostro y sus ojos amarillos sin expresión contemplando la obra terminada. Estamos satisfechos, otra vez. Pero no me alcanza, y sé que volveré una y otra vez a ese lugar, volveré a pasar por todo otra vez hasta poder recordar en mis atroces días de vigilia cuál es la palabra feroz que llevo encima como destino y final, y que olvido en el instante mismo en que dejo de soñar a los orfebres, esa maldita marca que me completa y me define, la única respuesta que me interesa conocer. Tal vez puedas ayudarme, cuento con tu generosidad. Te ruego, te imploro, que la próxima vez que me encuentres rondando por la ciudad, mirando mi reflejo en vidrieras y espejos retrovisores, me digas qué es lo que ves cuando lees mi viejo y cansado rostro.

17 Respuestas a “* los orfebres

  1. Casi diría que el que habla es un Golem, un hombre de arcilla que busca la palabra que de un alma, un sentido a su vida, un sino y el libre albedrío. Que malos los orfebres, que ocultan siempre la palabra a su dueño.

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