* mamushkas 5

No pude reaccionar hasta dos minutos después. Mariana seguía sentada en el piso sin decir nada. Flor ya no saltaba, sonreía ampliamente ofreciendo los dientes blanquísimos y los ojos le tintineaban con los reflejos de los pequeños diamantes. Agarré la otra bolsita y la abrí rápido para verificar mi terrible sospecha de que estábamos metidos hasta el fondo en un asunto serio y peligroso. Miré adentro y sí, yo tenía razón, estábamos complicadísimos. Agarré las piedritas que rodaban entre las sábanas y las guardé de nuevo en su bolsita, de paso aproveché para rozar un poco las piernas de Olga, imaginando que tal vez algún estímulo táctil me serviría para recuperar mi estropeada memoria. No funcionó, pero la rusita era tan suave que lo disfruté igual. Ella ya estaba más despierta y se incorporó levemente. De verdad era hermosa; nos miró muy naturalmente y sonrió, luego comenzó a soltar unas risitas cortas y finitas que no cuajaban muy bien con ese cuerpo tan elegante. Saludó a Florencia moviendo la mano varias veces con un gesto infantil, y Flor le devolvió el saludo de la misma manera, pero en ella nada era infantil. La cabeza se me partía del dolor, no por la resaca ni por efecto de ninguna droga, esos efectos los conocía bien, creo que lo que me estaba afectando en ese momento era la presión. Sentía las venas de la frente y de mis sienes latir y latir cada vez más fuerte, y tuve miedo de que me explotaran manchando toda la habitación. Hubiera sido una pena, la luz del día le daba a todo el ambiente un tinte anaranjado que si no fuera por las circunstancias, podría haber sido relajante y placentero. Debían ser como las once de la mañana.

“¡Hola Marrrrianna!”, esas fueron las primeras palabras que le escuché decir a Olga. Mariana, mi novia, compañera y cómplice desde hacía varios años, tenía la cara que ponía siempre diez segundos antes de largarse a llorar como una loca. La vi venir, pero esa vez yo no estaba como para consolarla ni decirle alguna pavada que la tranquilice, estaba al borde del colapso nervioso. Miré a mi cuñadita, que curiosamente no decía nada. “Ayudame a organizar este quilombo y salgamos ya de acá.”, le rogué; estaba a punto de abrazarla y decirle que la quería con tal de que me ayudara a resolver algo de todo lo que estaba pasando. Pero cuando Olga escuchó mi voz se volvió loca, saltó de la cama y se me tiró encima; me atenazó con brazos y piernas y empezó a sacudirse colgada de mí mientras decía no sé que cosa en ruso, que obviamente no entendí. Terminamos perdiendo el equilibrio y cayendo los dos sobre la cama, yo arriba de ella. No podía moverme y empecé a sofocarme porque me había quedado la cabeza hundida entre los pliegues de las sábanas y las redondeces de la sobrinita del embajador de Ucrania. “¡Rrrobert Rekford ¡”, gritaba entusiasmada sin soltarme y ya las risitas eran sonoras y contagiosas carcajadas. “Mierda”, pensé, “O yo soy muy bueno convenciendo a la gente de cualquier cosa, o esta chica tiene problemas graves con el abuso de sustancias.” Si ella me encuentra parecido a Robert Redford, allá ella, me dije, ya no me sentía tan incómodo que digamos; estar enredado con una pelirroja en una cama limpia, sin pagar, era lo mejor que me podía estar pasando en esa desorientada mañana, de hecho me había calentado un poco. Robert Redford. Ja.

Robert Redford. Increíble. ¡Robert Redford! ¡No! La lucidez con que recordé esa película de Redford en la Cuba pre castrista, me hizo olvidar a Olga, a Florencia, a Mariana, a la cama, al sol, al departamento, a mi amigo Richard que llevaba los equipos al depósito, a la embajada, a todo. Me zafé del abrazo de la rusa violentamente, miré mi mano derecha vendada en la toalla blanca y salí corriendo. No sé por qué creí que en la intimidad del baño me sentiría menos idiota, si ya sabía que era un imbécil hecho y derecho. Mi cabeza era un volcán y las piernas se me aflojaron en el trayecto. Me saque la toalla a los tirones, y a pesar del esfuerzo no pude evitar desmayarme cuando vi la pequeña incisión y los dos puntos de sutura que envolvían, en el doblez que se forma entre los dedos índice y pulgar, un bulto extraño bajo mi piel.

* continuará

* ver capítulos anteriores aquí

5 Respuestas a “* mamushkas 5

  1. Muy buena continuación que no desmerece las anteriores. Si tienes algun parecido con Robert Redford (de joven )este es mi relato. Si no te pareces, también. No hece falta nada a tu perfecta manera de narrar los hechos, aunque sería una valor añadido jeje.
    Saludos

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