* mamushkas 4

Metí la mano adentro de la mochila y al tacto me di cuenta de que tenía razón, algo estaba roto. Revolví un poco y saqué algunos pedacitos de porcelana pintada de varios colores estridentes. Los tres nos quedamos en silencio, y digo los tres porque Olga seguía durmiendo como si nada. Mariana y Flor miraban atentas. Para no dilatar innecesariamente la situación di vuelta la mochila y vacié el contenido sobre la cama, en el poco espacio que Olga dejaba libre. Y ahí aparecieron. Mamushkas, matrioshkas, o como mierda sea que se llamen esas muñecas rusas que se meten unas dentro de otras hasta el infinito. Eran tres, una estaba partida por la mitad, por un lado el cuerpo y por otro la cabeza bien redonda, la segunda estaba entera y cayó suave y sin daño aparente sobre el cubrecama, pintada en tonos de rojo y azul, y la tercera en realidad la supusimos al ver todos los pedazos de porcelana sobrante que no pertenecían a ninguna de las dos anteriores. Además de las muñecas, del interior de la bolsa de sorpresas en que se había convertido mi mochila, cayeron dos bolsitas de terciopelo negro del tamaño de un puño, cerradas con una pequeña cuerda deslizante, como en las películas.

“¡Que lindas muñequitas!” dijo contenta Flor. Evidentemente con esa expresión tan estúpida en semejante situación, era la primera vez que veía una mamushka y sabía tanto del tema como yo, o menos. No le dije nada porque hubiera sido inútil, así que giré la cabeza hacia Mariana esperando que la genética de la familia hubiera sido justa y hubiera equilibrado entre ambas hermanas belleza y sentido común. Olga, la modelo rusa que nos habíamos traído de la fiesta de cumpleaños de la esposa del embajador de Ucrania, que además era la sobrina directa del mismo embajador, y que además había pagado con su tarjeta una habitación en un appart hotel de Retiro para armar una fiestita de la cual yo no recordaba absolutamente nada, comenzó a desperezarse dando vueltas en la cama y a emitir algunos bostezos. “Abrí una a ver que hay” me dijo Mariana, curiosa como toda mujer, levantando las cejas exageradamente y moviendo la cabeza para adelante varias veces apuntando a las misteriosas bolsitas negras. “¡Dale Chuchi, abri una!”, insistió Florencia. La quería matar, pero sentía tanta curiosidad como ellas dos. No dije nada y obedecí. Mismo mecanismo que con la mochila, abrí una de las bolsitas y dejé caer el contenido sobre la cama.

No sé si pueda explicar la sensación que nos invadió en ese instante, fue tan enérgica y repentina que ninguno de los tres atinó a nada. Mariana se puso pálida y lentamente se sentó en el piso de la habitación, apoyando la espalda contra la puerta del placard. Florencia se tapó la boca con las dos manos y empezó a dar saltitos en el lugar sacudiendo las tetas arriba y abajo. Yo seguía en la misma posición, inmóvil e incrédulo, con el brazo todavía extendido sin soltar la bolsa, y con la vista fija en el manojo de diamantes que acababan de desparramarse entre las piernas revoltosas de Olga, la rusa de carne y hueso.

* continuará

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