* el señor miller

Como tantas otras veces, el señor Miller no había podido dormir la noche anterior. No encontró el placer que buscaba, no pudo olvidarse de sí mismo para ser en sueños quien se le dé la gana, y sintió esa ansiedad profunda que empieza en el estómago y asciende súbita para cerrarnos el pecho y la garganta. Otro jueves cualquiera estaba apenas comenzando, y la ciudad se fundía del naranja al amarillo sin que nadie lo notara.

Como todas las mañanas en que se encontraba desanimado, después de lavarse la cara y los dientes, comenzó a masturbarse de pie junto al lavabo, evocando en su memoria a las rubias divas del cine mudo. Al mismo tiempo pensaba cuáles serían las absurdas y arbitrarias, casi compulsivas, rutinas matinales que tendría la gente que conocía. Imaginó que la viuda del piso de arriba no podía desayunar si antes no se daba un baño de asiento de no menos de cinco minutos en un blanco y reluciente bidet, recién entonces se sentaba a la mesa ya preparada y tomaba el café con la fotografía de su finado esposo; imaginó también que el obeso hijo menor del doctor del chalet de enfrente se despertaba muy temprano para desarmar la cama y sacudir las sábanas, esparciendo por la ventana la evidencia de las galletas de chocolate que devoraba por las noches, y que luego volvía a  dormir hasta que lo llamaban a desayunar; seguramente el encargado del edificio contiguo ejecutaba religiosamente cincuenta flexiones de brazos y treinta abdominales, y luego, mirándose al espejo con el torso desnudo e hinchado por el esfuerzo, se peinaba prolijamente emulando de memoria el jopo de James Cagney en “Angels With Dirty Faces”.

Terminó de masturbarse y se sintió feliz, pero no por el acto onanista en sí, sino porque se dio cuenta de que su imaginación dibujaba las historias que el insomnio le robaba noche tras noche. Emocionado por el descubrimiento, decidió no ir a trabajar y pasar el día disfrutando de las ocurrencias que esa mañana, como nunca antes, llegaban a él como un tropel manso pero imprevisible. Guardó su reloj pulsera y su despertador en un cajón de la mesa de luz; lo mismo hizo con el reloj de péndulo que colgaba de la pared de la sala de estar, ocultándolo en un rincón del placard. Liberado de las restricciones e imposiciones temporales, el señor Miller improvisó un método sencillo y efectivo para estimular sus pensamientos: tomó la guía de teléfonos vieja y desactualizada que conservaba desde hace años, y abriéndola al azar en cualquier página comenzó a leer uno por uno los nombres que allí descansaban inútiles. Luego experimentó con malabarismos de combinaciones entre diferentes nombres y números que nunca había visto, jugó con los números de calle de cada abonado al servicio, mezcló y remezcló nombres, apellidos, números y páginas, divirtiéndose con los resultados. Estuvo así largo rato, hasta que su percepción dejó de distinguir cada dato como único, y cada página de la vieja guía se transformó en un mar gris y profundo en donde flotaban a la deriva todos sus pensamientos, fantasías y anhelos.

Tan absorto estaba que cada nombre que leía podía asociarle sin esfuerzo una cara, una casa, una rutina, una vida completa; y así ese hombre que vivía en la calle Rasimud o esa mujer cuyo número de teléfono terminaba en seis, se paseaban por la sala del señor Miller tranquilamente como transeúntes distraídos que no tienen adonde ir. Varias personas, de los cientos que el señor Miller imaginó que lo visitaban, entablaron con él amenas conversaciones, charlaron largamente sobre los precios del mercado, discurrieron sobre los problemas de corrupción que aquejaban a la policía local, y bromearon un poco sobre el mundo del espectáculo y del cine. Fue dejando la guía telefónica a un lado, a medida que avanzaba con su ejercicio, más hábil se volvía para controlar el proceso sin ayuda de estímulos externos. Ríos de imágenes y colores brillantes fluyeron durante horas por la mente del señor Miller, envolviéndolo en placer y felicidad, transformando un jueves común y corriente en la piedra basal de la nueva vida que nuestro señor emprendería de ahora en más. Fue plenamente consciente de que había cambiado para siempre, que ningún sentido tendría tratar de comprender su vida como había tratado de comprenderla hasta ese jueves y por supuesto, fue consciente de que se sentía un hombre nuevo y diferente. La amargura de la noche anterior había desaparecido, y en su lugar todo era calma y serenidad.

Cuando bajó el sol y la luz de la marquesina de la tienda de regalos de la esquina fue la única claridad que entraba por la ventana, el señor Miller decidió que ya había sido suficiente para un solo día; les dijo hasta mañana a todas sus ideas e invenciones, desarmó cuidadosamente las fantasías que había construido, se acostó con la ropa puesta y dejó la ventana abierta para disfrutar la brisa nocturna. Se durmió rápidamente y no necesitó soñar con nada ni nadie.

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