* mamushkas 3

Nos fuimos encima de Florencia y la acorralamos contra la puerta del placard. En cinco minutos nos hizo un resumen que nos clarificó el panorama. Según ella, porque nosotros no podíamos comprobarlo a ciencia cierta, el jueves a la noche habíamos estado en la embajada de Ucrania, contratados para hacer un show y amenizar el cumpleaños de la esposa del embajador. Con Mariana tenemos desde hace años un espectáculo de magia, yo hago las ilusiones y ella me asiste. Hace un tiempo incorporamos a Flor al espectáculo porque Mariana no se animaba a hacer los números de espadas, serruchos y esas cosas; así que ahora, mientras Mariana sonríe, yo clavo y parto al medio a mi joven cuñada.

La presentación fue un éxito, nos contó Flor, tanto que cuando terminamos nos invitaron a quedarnos en la fiesta y nos acomodaron en una mesa redonda enorme, con muchos cubiertos y tres tipos diferentes de copas. Ahí estaba Olga, la rusa en cuestión, de punta en blanco y empastillada hasta la manija. Mariana y yo siempre fuimos muy abiertos en cuanto a la relación, y siempre coincidimos en ganas y gustos, así que no nos sorprendimos cuando Flor nos contó que a la media hora arrancamos a Olguita de la mesa con porteñas promesas de una noche alucinante. Me ausenté un minuto de su explicación lamentándome el olvido de lo que parecía haber sido la fiesta de mi vida, incluyendo novia, cuñada apenas mayor de edad y de postre un bombón soviético. Pero el ensimismamiento me duró poco, me puse pálido y casi me desmayo cuando escuché la voz apenas ronca y rubia decir “…y como es la sobrina del embajador, ahora la están buscando por todos lados…”. Pánico, escozor.

“¿Dónde estamos?” le pregunté desesperado a Flor. “Un appart gentileza de la tarjeta de Olga. Retiro, Chuchi, ¿no ves la plaza desde acá?”. Más pánico, más escozor, y encima odiaba que me dijera Chuchi, aunque a Mariana le daba igual. “Agarren todo que nos vamos ya.” les ordené. “¿Y Olga?”. “La dejamos dormir, no le va a pasar nada, es grande.”, respondí rogando que fuera mayor de edad, mientras me subía los pantalones y me calzaba los zapatos al mismo tiempo. Junté rápido dos mazos de cartas, tres pañuelos de seda de distinto color y mi varita de la suerte; el resto del equipo de escenario supuestamente me lo llevaba mi amigo Richard, fletero, hasta el depósito la misma noche del jueves, pero no tenía cómo averiguar por el momento si eso había ocurrido o no. Cuando agarré la mochila para guardar todo, noté que adentro había algo extraño, que claramente no era mío, y que sonaba a roto.

* continuará

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