* traetormentas 8

– Me habían dicho que en este boliche se armaba lindo… – dijo de pronto el más alto de los tres.

Mientras Rojas le pasaba un trapo hediondo al mostrador, apartando algunos bichos, el Gaita caminaba entre las mesas llevando un par de pingüinos de la casa. Un tanguito sonaba bajo desde la sombra, por las mezquinas ventanas del bolichón se colaba la humedad de las once de la noche. Un dado cuarteado bailaba contra la pared marcando el seis.

– …pero hoy parece un velorio, mi amigo… – completó. Los otros dos sonrieron.

Todas las caras se detuvieron a mirarlo. Nadie sabía bien quién era ni qué pretendía este punto con tan desafortunada exclamación. El más bajito jugaba con un escarbadientes.

– Yo invito esta ronda, y todas las que hagan falta, que tanto! …A divertirse! – el alto.

Aplausos, risas y agradecimientos se hicieron escuchar en el salón. Parecía que aquel extraño estaba logrando su cometido. Los ojos de los garmenses lo empezaron a mirar con más simpatía, al fin y al cabo se trataba de un alma generosa.

– Pero eso sí…- agregó levantando la mano y haciendo callar a todos – Primero se brinda, porque sino no se disfruta…Arriba los vasos!  Y echemos un brindis a la salud de Santiago Barbieri! –

Dicho esto, arrojó una mirada escrutadora al salón, verificando que la convocatoria tuviera buena acogida, y la tuvo en general; a los presentes no les interesaba la salud de nadie, pero cuando la jarra se llena de arriba no se pregunta quién sangra. El del medio le hizo una seña con la cabeza, indicando una mesa.

– Usté no brinda, comisario? – le inquirió con tono amable y mirada ladina a Sarachaga, que no había levantado su vaso. Martín y Ramírez se miraron entre ellos.

Se podía decir cualquier cosa de Alberto Sarachaga, pero no que fuera ingenuo y mucho menos que le faltaran pelotas. Mirándolo directo a los ojos grises le dijo:

– Yo no soy comisario. Y no se quién carajo es Santiago Barbieri. – silencio total. – Aquí nadie manda a nadie ni siquiera a disfrutar. –

Evidentemente el principal no estaba de buen talante esa noche, y algunas copas tempranas, más la desazón de no saber por dónde empezar con el asunto del Gringo, le alborotaron los pájaros. De por sí la llegada de los extraños, con más pinta de buscados que de otra cosa, no le había caído nada bien a las fuerzas del orden de De la Garma. Y en De la Garma, las fuerzas del orden se reducían simplemente a Alberto Sarachaga.

Se le notaba al foráneo el odio y la duda saliéndole por los ojos, ante semejante afrenta era difícil resistirse. La mano le temblaba para buscar la cintura, y los pies se le clavaron en la tierra apelmazada. Los otros dos ni se movieron. Hasta el tango de fondo quedó mudo esperando la respuesta.

De pie, amurado contra la pared opuesta al mostrador, en el mismo escenario en donde treinta años antes se convirtió en gallo de riña, Eliseo Navárez contemplaba atento la escena.

4 Respuestas a “* traetormentas 8

    • Hola Patricia, muchas gracias por la visita y los comentarios! Es genial que seas de de la Garma! Te cuento que lo elegí porque siempre me resultó un nombre muy pintoresco y con mucha personalidad; si bien se que no tiene muelle ni nada de eso, me lo apropié para la historia. Próximamente llegará la continuación, así que espero que la sigas (y hasta por ahí me podés prestar alguna ayuda con la descripción del lugar).
      Saludos! Buena suerte y más que suerte!

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