* traetormentas 7

A media mañana, Mercedes y su madre charlaban en la cocina. En el aire el aroma a café y pan recién horneado matizaba la tertulia, algunos tímidos rayos de sol pegaban en el hule de la mesa diaria y en las rodillas escuálidas de Mercedes.

– Tendrías que haber ido igual, hija. La gente me preguntaba si te había pasado algo o qué, y yo no sabía que decirles viste…

– Bueno mamá, no tenia ganas de ir…- la mirada perdida en el café con leche, revolviendo la cucharita sin cesar.

– Si hijita, ya se, pero justo hoy? Al final va a parecer como si no te importara nada el pobre infeliz del Gringo. – Mientras decía esto, Eugenia Martínez de Esforza, mamá de Mercedes y viuda de Don Esteban, untaba con miel un pan apenas tibio.

– Como si a vos te importara. – le soltó filosa Mercedes.

– Cómo no me va a importar? Al fin y al cabo, y más allá de todo lo que pueda decirse de ese hombre, Dios lo tenga y guarde, era casi uno más del pueblo. Y yo siempre te he dicho lo mismo,  si un pueblo no quiere y cuida de su gente, no va a ser nunca… –

– Si, mamá, ya se… – resopla y gira la cabeza hacia la ventana. Por la principal se veía poco movimiento y mucho polvo; el viento cálido que sucedió a la tormenta envolvía a De la Garma en  humedad y bochorno. A un costado, a veinte metros de la esquina, y justo en el filo de la ventana, algo llama la atención de Mercedes, que cogotea para ver mejor.

Leonor Varela, la Leona para todo el pueblo, gesticula con amplios ademanes ante un hombre de espaldas. A pesar de ello, Mercedes puede reconocer a Eliseo, lo reconocería en cualquier parte y de cualquier forma, lo reconocería hasta sin verlo siquiera. Se había sacado la corbata y la sostenía en la mano izquierda, pero aún conservaba el brazalete negro luto en el brazo; cada vez que se balanceaba entre las palabras, la espalda ancha y enorme tapaba por completo a Leonor. Mercedes ve con claridad la rabia impotente en la cara de la Leona, los dientes apretados y el ceño fruncido, achicando los ojos. Pero ve también, y con más claridad, que esa rabia no es de odio. Eliseo agacha la cabeza y abre las manos a la altura de la cintura, luego niega. La cachetada le da vuelta la cara y le alborota el pelo engominado, y a Mercedes le parece escuchar el golpe tan cerca que se endereza un poco en la silla. Cierra los ojos y retoma la frase inconclusa.

-…un lugar decente y ordenado…–

– Eso. – sonríe Eugenia mordiendo el pan con miel.

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