* traetormentas 6

Francisco Rojas era el dueño del almacén de ramos generales del pueblo. Era alto y corpulento, con un mal carácter de renombre y un pasado no muy claro. Poco creyente dirá la mayoría. Durante el día el almacén funcionaba normalmente, se llenaba de pescadores en busca de provisiones, había unas mesas para el trueque; el cebo y la caña era lo que más se vendía, sobre todo la caña.

A la noche la cosa cambiaba. Rojas convertía su pulpería en un antro de avería. Pescadores, tahúres y jugadores de ventaja se apersonaban en el lugar, encontrando un remanso para esos días duros de sol y sal. Se jugaba al tute y a los dados, con apuestas no demasiado fuertes pero considerables en ese ámbito humilde. A medida que avanzaba la noche, el tufo del galpón se hacía irrespirable con el olor a hombre, el alcohol y las fritangas del tapeo; y entre caña y barajas aquellos hombres trataban de apartarse por unas horas de la miseria.

Aquella noche no llovió. El boliche estaba concurrido, más o menos veinte miserables llenaban el salón, perdiendo el tiempo en lo de siempre, sosegando los callos de las manos después de un día de reparaciones silenciosas. En murmullo incesante, la velada se iba en extraña quietud. El principal Sarachaga, Ramírez y el viejo Martín compartían una mesa y charlaban amenos. En un costado, levantando polvillo del suelo, se mareaban los dados esperando un pase ganador. La media luz dibujaba ribetes en el piso y las siluetas se hacían todas iguales.

Sarachaga y Ramírez eran hombres de bien, íntegros y sensatos, y dentro de sus posibilidades, manejaban de buena manera las pequeñas preocupaciones cotidianas que el pueblo presentaba. Aunque no lo admitían, no por orgullo ni por pedantería, sino por no cargar con más preocupación a la gente, sabían que el crimen del Gringo y sus circunstancias les quedaban grandes. Y recién había pasado un día.

Los recién llegados el día anterior observaban sin expresión alguna desde la barra; hacía un rato que estaban atornillados ahí y no se les había escuchado una palabra. Hasta que por desgracia se escuchó.

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