* traetormentas 5

– Ramírez! – clamó Sarachaga.

– Sí, mi principal –

– Tráeme el mate que quedó afuera. Y hacé pasar otro. –

– Sí, mi principal –

Ramírez siempre fue corto de carácter, pero ahora se sentía importante y emocionado ante semejante acontecimiento en De la Garma. Las máximas emociones a las que la autoridad podía aspirar antes de hoy eran reyertas esporádicas en lo de Rojas, algún malentendido con la balanza del muelle, y alguna que otra ocasión algún divertido entrevero de polleras. Por eso, ahora el cabo Ramírez ponía cara seria y adusta cuando llamaba a los testigos, y se endemoniaba apaleando la máquina de escribir para que no falte ningún dato, aunque sea mínimo, en las declaraciones.

– Carballo, Antonio! –

Y el pobre Antonio a la oficina.

– Seguro que fuiste vos, Antonio – arrancó Sarachaga. – No cierto, Ramírez? –

– Sí, mi principal –

Las cejas levantadas y los ojos grandes de Antonio hacen silencio, y entre la sonrisa y el bostezo espera la próxima pregunta sin contestar.

– Decime, cuánto hace que conocías al Gringo? –

– Lo mismo que vos Alberto, desde que llegó. Hará dos años? Cuánto hace Ramírez?- Carballo se resigna al interrogatorio imposible.

Al día siguiente, De la Garma vestía de negro. Las viejas mascullaban rosarios entre dientes mientras se dirigían hacia la capilla; los hombres conversaban de a dos o tres a paso cansino y los niños correteaban ajenos a la desgracia, aunque les habían puesto corbatas y brazaletes. Al segundo repique ya todos están adentro. Aunque era martes, la capilla estaba llena de bote a bote. Por más o menos ganas que los garmenses tuvieran, o las ocupaciones que quedaron de lado por un rato, la mayoría de ellos asistió; ser religioso está bien.

El Padre Miguel se descolgó de las campanas y tomó su lugar en el púlpito. ¿Cuánta fe se necesita para ser hombre de Dios en De la Garma?. El Padre Miguel no tenía esa respuesta, ni muchas otras. Ya no tenía la misma convicción de años antes, pero  su discurso llenaba la sotana con potente honestidad; los pueblerinos han depositado desde siempre su confianza y salvación en ese curita calvo y rechoncho, y entonces lo escuchaban expectantes.

Nadie, ninguno, ni siquiera uno, albergaba en su cabeza ni la más mínima intención de llorar por el Gringo. Ninguno de los presentes, claro. Pero hubo que masticarse entera la misa de todos modos. El pueblo entero estaba conmovido por el brutal suceso, y no estaba acostumbrado a lidiar con estas cuestiones de asesinatos sangrientos y misteriosos. Igual, más les dolió la tormenta.

Detrás de las cortinas de la esquina sur, Mercedes miraba las puertas cerradas de la capilla en ceremonia, a la que había rehusado asistir por primera vez.

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