* traetormentas 4

Contra la pared, a dos metros del umbral, el chasquido ronco de un fósforo saca a Eliseo de sus cavilaciones. El destello es breve, seco; le alcanza para adivinar a Leonor detrás del humo. Cuando la llama se apaga sólo queda a la vista el brillo de sus ojos, resplandecientes como el acero; aquel acero al que todos, alguna vez, sentimos muy cerca, al que todos, alguna vez, le tuvimos miedo.

– Te estás ahogando, Eliseo. – y escupe unos restos de tabaco que le quedaron en la punta de la lengua.

Eliseo no puede responderle ni siquiera levantando la cabeza, se revuelve el pelo con una mano y levanta la otra tímida y lenta, pidiendo tregua. Sin esperar respuesta, La Leona comienza a alejarse lentamente, y ni siquiera en ese momento Eliseo puede mirarla, espía su reflejo en los charcos de la calle hasta que se deforma del todo y vuelve a ser simplemente agua.

Eliseo Navárez cargaba en la espalda 47 años la mañana que descosió de un tajo certero al Gringo Luther. Era robusto y macizo, con brazos moldeados a fuerza de trabajo y más trabajo. El ceño siempre fruncido y la cabeza un poco ladeada. Hombre de pocas palabras y mucho esfuerzo; de inquietudes cercenadas y mirada melancólica. Sus tempranos deseos se eclipsaron rápido, hay que ganarse el pan desde pequeño en estos pueblos miserables; por mucho que se quiera ser otra cosa siempre se termina siendo lo mismo que los demás, o pescador o cuchillero. De la Garma no ofrecía muchas posibilidades más. Y Eliseo eligió las dos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s