* traetormentas 2

El muelle había sufrido la inclemencia, y los maderos resistentes de antaño no aguantaron esta vez. Tal vez un rayo, tal vez el mar, lo partieron en tres. El tramo primero, que lo unía a la playa, estaba todavía en pie; el siguiente, apenas si se veía tres metros más abajo, agonizante y a punto de rendirse ante el agua que dejaba verlo entre oleada y oleada.  Solitario, el último tramo se bamboleaba crujiente.

Uno de los más jóvenes distinguió algo. Aguzó la vista y, no estaba del todo seguro, pero algo había en la punta del tramo final. Sí, algo había. De un salto llegó al tramo flotante y con esfuerzo trepó al madero, que crujió con fuerza. Como inmune a la tempestad, hecho un guiñapo, un amasijo,  todavía estaba el cuerpo del Gringo enredado en un cabo y con las tripas liberadas. Conservaba aún el gesto de asombro y la mueca estúpida que el miedo pone en la cara del cristiano cuando le llega la hora. Porque no avisa.

Eliseo Navárez volvió despacio a su casa. Caminó tranquilo por las calles laterales para no ser molestado ni encontrarse con nadie inoportuno, esta vez quería estar solo. La resolana que había alumbrado la media mañana desaparecía rápidamente y las nubes volvían a cerrarse, cubriendo de azul a De la Garma. Un puntito minúsculo en la costa de Buenos Aires, oscurecido por las nubes.

Lo primero que hizo al llegar al rancho fue sacarse las botas y el abrigo. Sobre la mesa improvisada con caballetes y tablas lo esperaban sus escritos, apenas visibles con la poca luz que todavía dejaba pasar la ventana.

Afuera, en la calle, todo era sombra y silencio. Como adentro. El cenicero desbordaba y en el aire flotaba el olor del café quemado una y mil veces. Se miró un instante en el vidrio de la ventana para comprobar que aquel reflejo todavía seguía siendo él; y por alguna extraña razón le causó gracia verse así, casi transparente, a punto de desaparecer. Un poco agobiado, se paró y recorrió el cuarto con la mirada perdida y un cigarrillo en los labios, el último. La camisa era mugre y el pañuelo apenas un hilo deshilachado colgándole de la cara. Abrió la puerta y se sentó en el umbral. A un ritmo lento y cadencioso, las gotas estallaban en el suelo y dejaban una impronta profunda en esa historia que ya no tenía vuelta atrás. No había un alma y todas las agujas del cielo parecían apuntarle; entre relámpago y relámpago la oscuridad lo cubría todo, y la única luz era el resplandor de la brasa de su cigarro, hasta que una gota traicionera le aplicó sentencia de muerte.

Eliseo Navárez no tiene temor de Dios. Eliseo Navárez creía sólo en su palabra y en sus manos. No tenía más fe que en su cuchillo y si a veces rezaba era porque nunca es malvenido un empujoncito divino. Esta madrugada había matado a un hombre, y era justo para él disfrutar de la satisfacción del deber cumplido. Pero no podía.Y los truenos, la lluvia y los relámpagos pasaron a ser detalles dentro de ese nuevo universo de reflexión. Llueve, y el matador está en casa.

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