* traetormentas

Ahora las aguas, las olas furiosas venían de pronto y arrasaban la tierra. Los pescadores corrían de un lado al otro del muelle gritando al viento y buscando refugio. El cielo negro apenas se abría para dar paso a rayos y refucilos. La arena azotaba las caras curtidas por la sal, los remolinos danzaban con las barcazas un loco vals de papel.

Todo era descontrol.

En ese descontrol fue que Navárez vio con claridad la oportunidad; en medio del revoltijo de hombres, arena y agua, divisó sin problemas al Gringo, un poco apartado, batiéndose a duelo con maromas y cabos sueltos. El semblante se le transformó al instante y la adrenalina le recorrió la médula. La tormenta empeoraba y en poco tiempo más no se vería absolutamente nada. Era ahora o nunca.

Con una carrera trabajosa a causa del viento, que lo desviaba y lo tiraba para atrás, llegó hasta el Gringo.

– Dios te asista! – le gritó, y la voz se entrecortaba en el viento.

El desdichado no reaccionó, lo único que vio fue la faca enorme y filosa, y un segundo después sintió como Navárez se la hundía con mano firme, abriéndolo desde el estómago hasta el cogote, ahogándole el grito en el pecho. Navárez tiro la púa al agua y corrió por el muelle envuelto en lluvia a reunirse con los otros.

En poco más de media hora, el mar se tragó la tormenta y las ilusiones, pero se había desentendido del cuerpo muerto que yacía sobre la punta del muelle, tiñendo de rojo los tablones y el comienzo del día.

Con caras largas, los pescadores se fueron yendo despacio, desalentados y tristes. Pero Eliseo Navárez no estaba triste, no hay placer más grande que la venganza, dicen, y Navárez era uno de ellos. Había matado a un hombre, y la clave de todo era el secreto.

Entrada la mañana la tormenta amainó. De a poco los pescadores fueron volviendo para evaluar los destrozos y juntar las pocas cosas que el vendaval no se había robado. Madera estallada, jirones de tela, la resaca hedionda y penetrante. En el agua todavía revuelta, flotaban maderas y redes. Manos firmes en hombros ajenos hacían las veces de consuelo.

Eliseo Navárez se acomodó el gamulán.

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