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		<title>* disertaciones de un jabalí: arquitectos</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Jan 2012 17:56:41 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Estamos arruinados, casi extintos, extrapolados, contaminados a tal extremo por las convenciones obsoletas que nos rodean, que no podemos ni siquiera darnos cuenta de que lo más básico, lo más importante, es detenerse a pensar. Pensar en nada, pensar en todo. Todo. Nada. Da miedo. Y está bien. El miedo es el estímulo primigenio del [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuentochino.wordpress.com&amp;blog=8762134&amp;post=805&amp;subd=cuentochino&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Estamos arruinados, casi extintos, extrapolados, contaminados a tal extremo por las convenciones obsoletas que nos rodean, que no podemos ni siquiera darnos cuenta de que lo más básico, lo más importante, es detenerse a pensar. Pensar en nada, pensar en todo. Todo. Nada. Da miedo. Y está bien. El miedo es el estímulo primigenio del ser humano, el más fuerte. Nos movilizamos por miedo, a raíz de. Es tan potente el daño emocional que puede provocarnos que somos capaces de hacer cualquier cosa para evitarlo, para dejar de sentirlo.  Y eso es todo. O casi. Estamos servidos en bandeja. El control de la masa se ejerce por medio del miedo, y esa masa – nosotros, yo, ustedes, ellos y ése de más allá &#8211; se encuentra tan maltratada y exhausta después de tanto tiempo de opresión, que sus miedos son cada vez más insignificantes y más fáciles de manipular. Nos encontramos hundidos en un pantano perfumado de confort, y la culpa es nuestra por permitirlo, nos acomodamos tan bien al paradigma del control que el mínimo amague a cambiar, o mejor dicho, a resignar algo, por nimio que sea, de esa comodidad que adquirimos sin saber cómo, nos da terror, y obedecemos. Estamos dormidos. Y nos encanta. Estamos convencidos de que dormimos el sueño de los justos cuando la verdad es que nos están diciendo con qué soñar. Nos anestesiaron. No con el miedo ni el dolor &#8211; porque a la larga un pueblo castigado pregunta, cuestiona y reclama -, sino con la construcción milimétrica de un muro de contención que nos aísla de esos miedos y esos dolores, estamos en la era de la desaparición del mal, a tal punto que ya nada existe de modo tangible (y lejos de cualquier demostración empírica) como un flagelo generalizado, sino que todo se percibe como una sensación. Nada está ahí, nada está en ningún lado. Todo es percepción pura. ¿Real? El trabajo titánico, la obra maestra, la maravilla más maravillosa de toda la Historia de la Humanidad está frente a nuestras narices, invisible y majestuosa: la realidad artificial, el castillo de seis mil millones de torres de vigilancia, cada una con una ventanita diminuta por la que apenas se nos permite observar la parcela de un prado sembrado de mentiras. El castillo de la nada. La arquitectura de la oniromancia.</p>
<br />Filed under: <a href='http://cuentochino.wordpress.com/category/all-of-them/'>all of them</a>, <a href='http://cuentochino.wordpress.com/category/relatos/jabali/'>jabalí</a> Tagged: <a href='http://cuentochino.wordpress.com/tag/arquitectura/'>arquitectura</a>, <a href='http://cuentochino.wordpress.com/tag/castillo/'>castillo</a>, <a href='http://cuentochino.wordpress.com/tag/control/'>control</a>, <a href='http://cuentochino.wordpress.com/tag/jabali/'>jabalí</a>, <a href='http://cuentochino.wordpress.com/tag/miedo/'>miedo</a>, <a href='http://cuentochino.wordpress.com/tag/percepcion/'>percepción</a>, <a href='http://cuentochino.wordpress.com/tag/sueno/'>sueño</a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/cuentochino.wordpress.com/805/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/cuentochino.wordpress.com/805/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/cuentochino.wordpress.com/805/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/cuentochino.wordpress.com/805/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/cuentochino.wordpress.com/805/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/cuentochino.wordpress.com/805/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/cuentochino.wordpress.com/805/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/cuentochino.wordpress.com/805/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/cuentochino.wordpress.com/805/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/cuentochino.wordpress.com/805/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/cuentochino.wordpress.com/805/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/cuentochino.wordpress.com/805/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/cuentochino.wordpress.com/805/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/cuentochino.wordpress.com/805/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuentochino.wordpress.com&amp;blog=8762134&amp;post=805&amp;subd=cuentochino&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>* disertaciones de un jabalí: más y más felicidad</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Dec 2011 22:20:06 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Lo que más nos gusta es la miseria. La miseria enseña, construye. Nadie está más indefenso y expuesto a los demás que cuando se revuelca en lo más oscuro de su propio ser, y ahí nos sentimos cómodos, liberados, amamos desnudarnos y espantar al otro que nos ve, porque eso somos en el fondo, eso [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuentochino.wordpress.com&amp;blog=8762134&amp;post=801&amp;subd=cuentochino&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Lo que más nos gusta es la miseria. La miseria enseña, construye. Nadie está más indefenso y expuesto a los demás que cuando se revuelca en lo más oscuro de su propio ser, y ahí nos sentimos cómodos, liberados, amamos desnudarnos y espantar al otro que nos ve, porque eso somos en el fondo, eso que todo el tiempo ocultamos porque un extraño mandato nos dice que no hay que molestar (como si ser lo que se es no tuviera que molestar a nadie) y que lo mejor es preservar de la luz las piedras que nos cuelgan del cuello y nos hunden cada vez más. Idiotas.</p>
<p>Hay carne, hay sangre. No trates de ser otro, no inventes lo que no sabés, hablá de vos, miserable. No se puede ser feliz, o sí, pero la dificultad que se presenta al alcanzar tal estado de bienestar es que se reducen al extremo las posibilidades de meter la mano en el propio barro; por ende nos convertimos en una línea continua, muñequitos producidos en serie en una fábrica eficiente y descomunal, alejados de la esencia particular que nos convierte en individuos, títeres de dedo, sujetos programados y acostumbrados a no cuestionar, a no elegir, a no disfrutar más que el estándar de confort que nos imponen. Es demasiado fuerte el desprecio por los no miserables. Por todos en general, pero muchísimo más por los que son tan estúpidos que creen pertenecer y se suman a huestes pestilentes tratando de cambiar el hedor de la verdad, del grito que nos esclaviza, por cobardías perfumadas de lavanda. Mueran. Mueran delante de mí y véanme sonreír.</p>
<br />Filed under: <a href='http://cuentochino.wordpress.com/category/all-of-them/'>all of them</a>, <a href='http://cuentochino.wordpress.com/category/desvarios/'>desvaríos</a>, <a href='http://cuentochino.wordpress.com/category/relatos/jabali/'>jabalí</a>, <a href='http://cuentochino.wordpress.com/category/relatos/'>relatos</a> Tagged: <a href='http://cuentochino.wordpress.com/tag/aroma/'>aroma</a>, <a href='http://cuentochino.wordpress.com/tag/desprecio/'>desprecio</a>, <a href='http://cuentochino.wordpress.com/tag/fabrica/'>fábrica</a>, <a href='http://cuentochino.wordpress.com/tag/felicidad/'>felicidad</a>, <a href='http://cuentochino.wordpress.com/tag/jabali/'>jabalí</a>, <a href='http://cuentochino.wordpress.com/tag/miseria/'>miseria</a>, <a href='http://cuentochino.wordpress.com/tag/serie/'>serie</a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/cuentochino.wordpress.com/801/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/cuentochino.wordpress.com/801/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/cuentochino.wordpress.com/801/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/cuentochino.wordpress.com/801/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/cuentochino.wordpress.com/801/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/cuentochino.wordpress.com/801/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/cuentochino.wordpress.com/801/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/cuentochino.wordpress.com/801/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/cuentochino.wordpress.com/801/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/cuentochino.wordpress.com/801/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/cuentochino.wordpress.com/801/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/cuentochino.wordpress.com/801/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/cuentochino.wordpress.com/801/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/cuentochino.wordpress.com/801/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuentochino.wordpress.com&amp;blog=8762134&amp;post=801&amp;subd=cuentochino&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>* angelita</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Dec 2011 14:15:01 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Yo sabía que el señor Durban no iba a terminar nada bien, andaba siempre en cosas raras, bah, era raro, qué se yo, a mí me daba un poco de desconfianza cada vez que llegaba con algo nuevo a la pensión, como ese día que apareció con el jaulón para los pajaritos, Marta y yo [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuentochino.wordpress.com&amp;blog=8762134&amp;post=792&amp;subd=cuentochino&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Yo sabía que el señor <span style="color:#ffcc99;"><a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/07/01/durban/" target="_blank"><span style="color:#ffcc99;">Durban</span></a></span> no iba a terminar nada bien, andaba siempre en cosas raras, bah, era raro, qué se yo, a mí me daba un poco de desconfianza cada vez que llegaba con algo nuevo a la pensión, como ese día que apareció con el jaulón para los pajaritos, Marta y yo estábamos tomando mate acá en el patio y el señor Durban entró empujando el jaulón con rueditas, yo la miré a Marta pero ella se lo quedó mirando embobada y ni siquiera pudo devolverle el saludo, porque eso sí, el señor Durban era muy educado y lo primero que hizo fue saludar, se ve que venía de una buena familia que se ocupó de él como corresponde y lo mandó a una escuela como la gente, porque todo depende de eso ¿sabe?, la familia tiene que procurar que la educación de sus hijos sea la mejor posible porque después si no terminan criando vagos, como el sobrino de Marta (aunque yo no le digo nada, pobre Marta, ya bastante tiene con la soltería y con andar cuidando a su papá, ¡pobre Don Miguel!, un pan de Dios, Don Miguel, lástima ese problema con la bebida, que creo yo que tiene mucho que ver con cómo quedó ahora, pero tampoco le digo nada a Marta, porque es el padre y yo no soy quien para andar diciéndole cosas que no me corresponden a la gente) que vaya a saber uno en qué anda ahora, juntándose con esos otros, los hijos de Soria, uno peor que el otro, mire, una vez el señor Durban le tuvo que llamar la atención al mayor porque parece que le había faltado el respeto a unas chicas del bachiller, después de eso ninguno de los Soria, ni siquiera el padre, volvió a pasar por la puerta del colegio, eso hay que reconocérselo al señor Durban, tenía un poder de convencimiento terrible, me acuerdo que siempre venía gente a visitarlo acá a la pensión, y charlaban acá en el patio, un poco más allá, abajo de la parra, y cuando se iban con cara de satisfechos el señor Durban les estrechaba la mano y la sacudía aparatosamente, después venía y me decía todo emocionado “cada vez estoy más cerca, Bety” y yo no entendía nada, ¿más cerca de qué?, ¿por qué se ponía tan contento cuando lo venían a ver estos hombres tan siniestros? (porque le digo la verdad, esos tipos, que Dios me perdone si me equivoco, tenían una pinta de mala vida que me daba miedo, y todas la veces yo me metía para adentro y me hacía la que limpiaba la mesada de la cocina, pero los espiaba de reojo por la ventanita del costado, no fuera a ser que si pasaba algo yo estuviera desprevenida). Yo me imaginaba que no andaba bien del todo, el señor Durban, como que tenía algo flojo que de vez en cuando se le piantaba por ahí, no sé, no quiero hablar de más porque después ya sabemos cómo es la gente y van a andar diciendo por ahí que una es chusma y vaya a saber qué otras cosas más, yo conozco los bueyes de este barrio, se hacen todos los buenitos pero más de uno lleva el Diablo adentro, es una forma de decir, eh, usted me entiende, y si hay algo que le gusta hacer a la gente es hablar y hablar, aunque no sepa, peor que en la televisión, por eso yo me llevo bien con todos y no tengo problemas con ninguno, pero le digo la verdad, la única que no me da mala espina es Marta, con ella no me tengo que preocupar por nada, ¡es tan buena, Marta!, y conversadora, es una gran compañía, debe ser por cómo la educaron las monjitas, me da pena que esté así de enfermera de Don Miguel, él también me da pena, no crea que no, eh, pero pobre Marta dejando estos años ahí sin ocuparse de ella, qué se yo…¿qué le venía diciendo? ah, el tornillo flojo del señor Durban, sí…una vez se apareció con una caja llena de muñecos de trapo, chiquititos, todos con ropita y zapatitos, con pelo y todo, el pelo ese me daba impresión porque parecía de verdad, y el señor Durban estaba contento y entusiasmado, hasta me regaló una muñeca que dijo que se parecía a mí, para mí no era muy parecida, pero es linda, Angelita, todavía la tengo, la colgué en el living arriba de la estufa, al lado de los platitos y las cucharitas, por supuesto que le agradecí, aunque me hubiera gustado tener la parejita, yo no le pedí nada porque me daba vergüenza andar pidiendo, pero había un muñeco que era igualito a Silvio, el almacenero de acá a la vuelta, que me parece hubiera quedado lindo al lado de Angelita, ahí arriba de la estufa, ¿la quiere ver?, ahora se la traigo, ah, y le digo más, ahora debe ser de colección, porque es la única que quedó, a los dos o tres días de que el señor Durban trajo la caja con los muñequitos estos, hubo un accidente en la pieza con el calentador y no sé qué otra cosa y terminaron todos achicharrados, el de Silvio también, me acuerdo del olor a quemado, por eso le digo que me daba impresión, el pelito de los muñecos olía igual que el pelo quemado de verdad, como cuando se le sacan los cardos al pollo con la hornalla, por ahí era pelo de pollo y me hacía confundir, no sé, ahora se la traigo para que la vea, y así y todo el señor Durban no se puso triste, yo pensé que se iba a poner como Soria que cuando perdió el negocio se vino muy a menos, pero no, el señor Durban anduvo un poco desanimado nomás, se ve que no tenía pensado ningún negocio con los muñequitos, porque si no se hubiera puesto más triste, creo yo…¿quiere un mate?&#8230;no, sólo desanimado y menos conversador, nada más, hasta que empezó a venir a visitarlo otro hombre, distinto a los otros, no tan siniestro, parecía bastante noble, y tenía las manos bien cuidadas, a mí igual me enseñaron a desconfiar de los hombres que se cuidan las manos, es de poco trabajador, qué se yo, pero este era distinto, y la relación con el señor Durban también era distinta que con los siniestros, conversaban, se reían, se palmeaban, a veces leían el diario en silencio, todo acá abajo de la parra, pero un día así como así no volvió más este hombre, <span style="color:#ffcc99;"><a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/01/06/uritorco/" target="_blank"><span style="color:#ffcc99;">Claudio</span></a></span> me parece que se llamaba, era más joven que el señor Durban, un poco, bah, y no parecía estar “tocadito”, no sé si me entiende, pero bueno, no volvió más, yo le comenté a Marta que era raro que no venga más y que por ahí se habían peleado o algo, y Marta me dijo que no me meta, y yo ahí le dije, reconozco que estuve mal, que no se hiciera, si yo había notado cómo lo miraba a este Claudio, a mí no me podía decir que no, así que a ella también debería darle curiosidad saber por qué ya no venía más… A veces yo salía temprano acá al patio a tender la ropa y lo encontraba ahí parado al señor Durban, mirando para arriba, o fumando, o anotando cosas en un cuaderno azul como los del colegio, ¿los pajaritos?, no, nunca hubo pajaritos, salvo los gorriones que se juntaban a la mañana en los árboles del fondo a molestar, porque los gorriones hacen eso nomás, molestar, no son como los zorzales o los canarios, que tienen esos colores tan hermosos y cantan tan lindo, ¿sabía que no sólo son amarillos los canarios?, no, los gorriones son como una plaga por acá, además yo creo que saben que los canarios son mejores y por eso a eso de las cuatro y media o cinco de la madrugada ya están dale que dale con el pipipí, por resentidos, y ahí ya no se puede seguir durmiendo, puede ser por eso que me lo encontraba al señor Durban levantado tan temprano, pero no sé, si le digo la verdad había muchas cosas del señor Durban que no entendíamos ni yo ni Marta, que éramos las que lo tratábamos más y conocíamos, cómo decirle, su parte más “verdadera”, algo así, porque la gente del barrio apenas si se lo cruzaba, aunque así y todo, con todas las cosas raras, no desentonaba, ¡si usted supiera las cosas que hay que ver por estos días en la calle!, en fin, tal vez los tiempos estén cambiando demasiado rápido para nosotros, y eso que no estamos tan cerca del centro…Ahora le traigo a Angelita, va a ver qué linda que es y me dice si la encuentra parecida a mí como decía el señor Durban o no, y va a ver cómo la tengo de impecable después de tantos años, yo no pensé que fuera a durar tanto, en general estas cosas artesanales sufren el deterioro muy rápido, porque le hacen el relleno con alpiste o alguna otra semillita que dura un tiempo pero después se pudre, entonces el muñeco se va echando a perder desde adentro sin que nos demos cuenta, y al final cuando se le nota algo afuera ya es tarde para salvarlo, está todo podrido y lo tenemos que tirar, una pena, pero con el debido cuidado pueden durar bastante, no sé por qué yo me encariñé tanto, a lo mejor porque fue la única que quedó, o a lo mejor porque me da gracia cómo todos me la envidian, pero esos no son buenos pensamientos, no está bien ponerse contento por tener y que los demás no tengan, eso me lo decía el señor Durban, y yo pensaba que qué bien que sea un hombre religioso, porque esas cosas las enseñan en la iglesia, pero yo nunca lo vi en la iglesia, ni siquiera para Pascuas, así que no sé de dónde había salido tan generoso, porque era muy generoso, y limpio, muy limpio, todas las semanas se lavaba la ropa él mismo, a mano, en el piletón de allá, y después se quedaba mirando cómo el sol le iba blanqueando la camisa, lo que nunca pudo hacer fue calcular el almidón, y en las primeras posturas después de lavado parecía un novio de torta, todo duro; “la presencia es importantísima, Bety” me decía cada vez que se ponía a lavar, “nunca se sabe cuándo nos van a venir a buscar, y es importante estar preparado”, pero yo no entendía a qué se refería si la mayoría de las veces que recibía gente (los tipos siniestros) acá en el patio, andaba con la muda de entrecasa, ¿se referiría a alguna  mujer que esperaba que lo visite?, no creo, ¿no?, en todo caso el que va a buscar a una mujer es el hombre y no al revés, y yo no le conocí ninguna mujer en todo el tiempo que estuvo acá, pero él hubiera podido conocer alguna, no voy a dar nombres pero varias me han preguntado en el mercado, haciéndose las bobas, por el señor Durban, como si yo no me diera cuenta, eso es lo que pasa ¿sabe?, todos piensan que nadie se da cuenta de nada, y así estamos…al final somos como los gorriones, pí pí pí, pí pí pí, y no dejamos descansar a nadie…si pudiéramos ser aves yo no elegiría ser ni gorrión ni canario ni zorzal,  no, a mí me gustaría ser un cardenal, así tan sobrio y elegante, tan gallardo (no sé si se puede decir que un pájaro es gallardo pero esa palabra me gusta mucho, gallardo), y con ese toque de distinción que es la cabecita colorada y ese penacho, impone respeto, el cardenal, no sé cómo alguien elegiría ser otro pájaro, bueno, salvo un águila o un halcón, que son hermosos e imponentes, pero a mí me dan miedo esos pájaros tan grandes, son muy peligrosos…y además el cardenal no anda molestando a cada rato, ni muy temprano…son lindos los pájaros ¿no?&#8230;escuche…ahora que baja el sol se ponen a cantar un ratito más y después se duermen…seguro que ahora me llama Marta por teléfono para saber cómo salió la quiniela, siempre me llama cuando me tengo que poner a cocinar, está tan sola, pobre, le voy a decir si se quiere venir a cenar, ¿usted se queda?, me sale un guiso para chuparse los dedos…</p>
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		<title>* ramsay</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Nov 2011 01:05:07 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[“Sólo tiene que haber letras. El ideal es apropiarme de mí, de mi pensamiento raso; y primero, para eso, pienso apropiarme de su traducción escrita. Primero batallar contra las letras, luego contra el sentido. Sentido. Durante los momentáneos destellos de lucidez que lo asaltaban, cada vez más esporádicos desde que comenzó su deterioro, el profesor [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuentochino.wordpress.com&amp;blog=8762134&amp;post=786&amp;subd=cuentochino&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:left;"><em>“Sólo tiene que haber letras. El ideal es apropiarme de mí, de mi pensamiento raso; y primero, para eso, pienso apropiarme de su traducción escrita. Primero batallar contra las letras, luego contra el sentido. Sentido.</em></p>
<p style="text-align:left;">Durante los momentáneos destellos de lucidez que lo asaltaban, cada vez más esporádicos desde que comenzó su deterioro, el profesor Ramsay ponía toda su energía disponible en el enorme problema que para él representaba dilucidar qué había llegado primero, si la adicción a la pornografía y la consecuente práctica compulsiva de la masturbación, o las insoportables migrañas que posteriormente derivaron en el padecimiento de un insomnio crónico y sufrido. Le costaba determinar, y atribuía la confusión a su desorden interno, si existía una relación directa entre las dos cosas, si la aparición de la primera – cualquiera de las dos fuese – trajo aparejado el origen de la segunda, o si bien se trató de la génesis espontánea y concordante de dos entidades autárquicas que sabiéndolo débil e indefenso decidieron, cada una por su lado, someterlo a una lenta pero sistemática descomposición del espíritu. Este pensamiento obsesivo, además de invadir y ocupar su cabeza durante la mayor parte del tiempo que permanecía despierto, comenzó también a traducirse y manifestarse en síntomas de diversa índole, llevándolo a consultar varios especialistas por temor a padecer algún tipo de cáncer – colon, páncreas, hígado tal vez -, o de estar gestando una profunda úlcera estomacal que lo condenaría de por vida a una dieta injusta, estricta y aburrida. Lo más difícil va a ser dejar de fumar, pensó luego de visitar a un estomatólogo de renombre que después de revisarlo y ordenarle estudios de rutina lo despachó sin preocupaciones, ya que en su experta opinión no había nada en el paciente que pudiera ser considerado de gravedad o que demandara especial atención. Durante los últimos meses la dependencia al tabaco había crecido exponencialmente en el profesor, entre dos y tres atados por día, y durante los ataques de insomnio u onanismo, o de los dos al mismo tiempo, el consumo alcanzaba dimensiones aberrantes. Lo que más disfrutaba al pitar un cigarrillo era ver cómo el papel ardía y se consumía lentamente; según él, en esa pequeña y fallida hoguera, el indómito dios de todos los vicios moría una y otra vez, tendiéndonos la mano, llamándonos por nuestros nombres, provocando la remisión de la realidad hasta transformarla en un punto minúsculo y grisáceo como una bola de plomo olvidada en el fondo de un cajón.  En otras oportunidades, el profesor, que no menospreciaba el equilibrio de la naturaleza y de la psique humana, mientras contemplaba desde su balcón las luces deprimentes de la ciudad anochecida, meditaba largamente sobre ese minuto inexorable en el que todos nos convertimos en santos de madera para los demás. De todos modos, ante la imposibilidad de controlar por qué camino se dirigirían sus pensamientos cada vez que cedía al impulso de encender un cigarrillo, se conformaba con encontrar de vez en cuando un momento de serenidad, lejos del delirio místico y del rigor científico, que le permitiera pensarse a sí mismo como un hombre común y corriente, como el Ramsay que era antes de convertirse en un pervertido insomne a punto de morir de cáncer o de úlcera.</p>
<p><em>En caso de emergencia, préndase fuego. O desangre a una bestia sobre el mantel. Conocí a una chica que tiene la cabeza rota, que dice cosas rotas, que usa palabras rotas. Rompe todo lo que encuentra y no le importa. A nadie debería importarle. Hay días en que me despierto pensando que esa chica sea tal vez la bestia que yo tengo que matar, pero después me da miedo. Me quedaría el fuego, es cierto, pero sería lo único, y en las emergencias lo mejor es tener varias alternativas. </em></p>
<p><em>Me voy por el desagüe, te vas por el desagüe. Nos vamos por el desagüe. Fluido. Fluidos. Deslizar. Correr. Aguantar. Arrepentirse. Desagüe.</em></p>
<p>El entorno del profesor no tardó en detectar las señales que evidenciaban el corrimiento de eje que estaba atravesando. Se tomó como precaución, después de una reunión casi clandestina de unos pocos de sus colegas (los más influyentes a la hora de tomar decisiones), establecer un monitoreo delicado pero constante sobre sus actividades. Geografía y Latín fueron las primeras encargadas, a título voluntario, de vigilar los comportamientos cada vez más extraños del profesor. Más que por un impulso solidario, ambas se vieron movilizadas por la extrema curiosidad: Geografía no podía comprender cómo el hombre que le había parecido tan atractivo e interesante (y con el que habría compartido algo más que una simple relación laboral, según dichos posteriores de Historia Clásica) se había convertido en tan poco tiempo en una silueta gastada y desprolija que vagaba por los pasillos entre clase y clase, y que una vez terminada la jornada se alejaba con paso lento y vacilante contemplando los tilos que adornaban el boulevard de la calle Bouchard. Por su parte, Latín nunca hizo públicos los motivos (e Historia Clásica evitó hacer comentarios al respecto) que la llevaron a ofrecerse a participar de ese monitoreo inicial. Luego del primer informe de Geografía y Latín, llegó otro, a cargo de Álgebra y Artes Plásticas, y un tercero, realizado por Francés y Literatura Moderna; ninguno de los tres fue favorable respecto de la condición y desempeño del profesor Ramsay, y aunque en el último se evidenciaba que la situación se agravaba, todos coincidían en tratar el tema con el mayor respeto y cuidado posible, dada la alta estima que todos, además de Geografía, le tenían.</p>
<p><em>Las plantas. Frondosidad. Me gusta esa palabra. La tuve dando vueltas toda la noche en mi cabeza. No dormí. BDSM. Las de Hong Kong son efectivas pero un poco repugnantes, no había visto hasta ahora cosas tan extrañas. En los foros, algunos usuarios (que ya tengo identificados de varios lugares, deben tener algún problema como el mío) aseguran que ese material es “softcore” y exigen a los administradores de la página que liberen el material de mejor calidad; aparentemente el mercado interno de Hong Kong trabaja con producciones de alto riesgo y que posiblemente rocen lo ilegal, para lo que el moderno occidente no está preparado, por eso las estrategias de marketing global se organizan alrededor de diferentes límites. De todos modos me resulta excitante, desconozco que reacción me produciría consumir algún producto del mercado interno. Frondosidad.</em></p>
<p>Poco tiempo después se organizó otra reunión, menos clandestina que la primera y de carácter mucho más formal, a la cual Ramsay también fue invitado. El Director llevó la voz cantante, apoyado en un par de oportunidades por los comentarios de Instrucción Musical y de Historia Clásica, que se pasó la mayor parte anotando cosas en una libreta de tapas rojas. En esta reunión se le comunicó al profesor, con suma amabilidad, que debido al comportamiento errático que estaba experimentando en los últimos meses, lo mejor para todos (para la institución, para el alumnado, y para él mismo) era que por un breve período aceptara tomar una licencia y se ocupara en despejar la mente, para poder luego retomar sus actividades repuesto y descansado. Incluso le sugirieron que podría ser beneficioso consultar a algún especialista que lo asesorara. Durante la charla, el profesor sintió todo el tiempo que la mirada de Geografía lo recorría y lo examinaba crudamente, con una intensidad tal que parecía atravesarle la piel en busca de algún signo que delatara sus impresiones y pensamientos, pero permaneció inmutable e impasible, observando a través del ventanal el patio interno del colegio, donde las alumnas del tercer año conversaban entre sí, acariciadas por el brillo anaranjado de las diez y media de la mañana.</p>
<p><em>¿Será una atracción formal que la palabra ejerce sobre mí? ¿Será que me conmueve la carga de misterio y profundidad que le adjudico? Sea por lo que fuere, adopto el concepto para describir la sensación que tengo sobre mi propio pensamiento. Pensamiento frondoso. Espeso. Crecido. Desarrollado. Una planta alta y gorda compuesta de muchos verdes diferentes, con hojas grandes y multiformes, algunas flexibles y otras muy rígidas y en punta; una planta sin flores por el momento, con muchas ramas, cortas, largas, nuevas, viejas, que se desprenden de un tallo firme pero lastimado. De tamaño considerable, a veces invasivo y sospechoso. Es muy difícil identificar la forma concreta, parecería transformarse según el momento del día. Esta planta es un sistema complejo en el que todas las relaciones establecidas entre sus partes son tan apretadas y consistentes que dan por resultado un follaje denso e inabordable. Pierdo claridad y gano en soberbia.</em></p>
<p>Horas de televisión, horas de diarios, revistas y comida encargada, horas de pornografía, horas descontroladas y desconocidas, horas desproporcionadas de dientes y dedos amarillentos, de aliento cloacal, de pies transpirados y de cervicales destruidas. De fotos y videos, de cajas y cajas de cigarrillos apiladas sobre el escritorio, de hojas de cuaderno desparramadas sobre el sofá. Horas de insomnio eterno recorría el profesor entre recuerdos que nunca terminaban de cobrar forma, con la cada vez más firme sensación de que las cosas en las que confiaba se iban alejando hasta quedar fuera de los límites de su comprensión. Ni siquiera recordaba si había sido antes o después de la licencia que M vació los placares y le explicó que su vida no estaba hecha para dejarla caer por un borde, por lo que había decidido desde su más sólido egoísmo abandonarlo y emprender un recorrido proustiano que le otorgaría el “retorno a la inocencia” que tanto necesitaba. Le hubiera gustado al profesor poder decirle a M que su planteo era, como mínimo, estúpido, y que más que tratarse de una búsqueda interior lo que traslucían las palabras que ella acababa de pronunciar era una clara muestra de su poca capacidad de reflexión y su obtusa visión del mundo, pero no pudo; la ayudó a cargar las cajas en el auto y se quedó parado en la vereda hasta que el ruido del motor del Peugeot se hizo uno más de todos los ruidos de motores que se alejaban por la Avenida Alcorta. Después entró y apagó la televisión.</p>
<p><em>Tocan el timbre, estoy corrigiendo exámenes en el escritorio, me levanto y voy hacia la puerta, sé que es martes pero mientras camino me pregunto en voz alta quién puede venir a molestar un viernes tan tarde, es de madrugada, o así parece, cuando abro la puerta me encuentro con un hombre oriental, no puedo identificar si se trata de un japonés, un chino, o un coreano, cosa muy curiosa porque poseo una gran habilidad para diferenciar a esta gente entre sí, los rasgos del oriental se transforman todo el tiempo conservando sólo la raíz más pura de la etnia, me mira fijo y dice “saludos”, inmediatamente aparezco en el medio de un parque lleno de tilos y ya no es de madrugada, o sí, no lo sé, en la mano sostengo una postal sin remitente ni dedicatoria, la doy vuelta y en letras mayúsculas sobre un paisaje de ruinas desconocidas dice: QUITO. ¿Será ecuatoriano?, me pregunto, pero ya no estoy en el parque cobijado por los tilos sino que estoy de regreso en mi living, en el sofá; a mi izquierda sentado un monje y a mi derecha un hombre con cabeza de jaguar, ninguno de los dos es el oriental, yo miro mi postal y ellos dos, al mismo tiempo, me enseñan una diferente cada uno, el monje junta las tres en la palma de su mano y lanza una llamarada por la boca que las incinera en el acto, el hombre con cabeza de jaguar ríe, el monje ríe, yo los miro a ambos desde la puerta de calle y pregunto: ¿QUITO?, el hombre con cabeza de jaguar sigue riendo y el monje me responde: DEFICIENTE.</em></p>
<p>La vigilia se convirtió en una gigantesca ecuación en la cual todas las variables – la enfermedad, la compulsión, el desinterés, la soledad – se ramificaban haciendo casi imposible la tarea de despejar la incógnita principal. Yo soy x, se decía el profesor frente al espejo cada vez que se afeitaba. Yo soy x, se decía el profesor en voz alta y le parecía escucharse como en una grabación, ajeno y lejano. Quizás lo que quede de nosotros en el final sólo sean esos registros espontáneos que fuimos dejando por todos lados sin darnos cuenta, <em>como mensajes grabados en contestadores equivocados, mechones de pelo atorados en las cañerías, como manchas de grasa en un repasador viejo, como un reflejo borroso e irreconocible en el segundo plano de una foto familiar; tal vez lo único que quede sean aquellas porciones de nosotros mismos que fuimos abandonando sin cuidado por considerarlas absurdas e intrascendentes</em>.</p>
<p><em>Vuelvo a estas notas después de un breve tiempo de dudosa reflexión y profunda frustración (que devino en una controlada pero notable depresión. Aunque pensándolo mejor, con mayor sinceridad y acudiendo forzadamente a una mirada objetiva, debo confesar que hasta el momento todo lo volcado en estos cuadernos ha sido escrito, con excepción tal vez de la primera página y alguna que otra anotación al margen, en un estado latente y constante de depresión y frustración, con lo cual se podría inferir que mi alejamiento o acercamiento a la escritura de estas páginas no obedece a ningún cambio rotundo del estado de ánimo, sino que ambas situaciones podrían representarse como los picos extremos de una línea quebradiza, subiendo y bajando, que se mueve siempre dentro del mismo rango de acción: la disconformidad. Por otro lado (¿o por el mismo?) me siento atrapado dentro de un círculo vicioso – no soy capaz de evitar el lugar común – muy bien identificado y que posiblemente pueda destruir, o al menos descomponer, en la medida en que logre identificar la frecuencia en la que oscilan esos picos extremos y encuentre la “línea promedio”, el sendero menos dañino, el grado cero de la explosión desde donde pueda observar claramente, hacia adelante y hacia atrás, los límites del círculo. CONFUSIÓN. Enfermos. Todos con lepra. Pieles por todos lados y en las cáscaras soy el  Dios que quema (el dios podrido, el de los sapos, las langostas y los curas pederastas). Soy x y tiendo a infinito.”</em></p>
<p style="text-align:center;"> ***</p>
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		<title>* sangre y harina</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Oct 2011 02:17:32 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Undécima entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog “Proyecto Anecdotario”.  La 1ra parte la encuentran acá:  dos guitarras y un cajón peruano. La 2da parte la encuentran acá:  tinta fiera. La 3ra parte la encuentran acá:  la última estación. La 4ta parte la [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuentochino.wordpress.com&amp;blog=8762134&amp;post=771&amp;subd=cuentochino&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em>Undécima entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog <a href="http://t.co/gVUPMHp" target="_blank">“Proyecto Anecdotario”. </a></em></p>
<p><em>La 1ra parte la encuentran acá:  <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/05/20/dos-guitarras-y-un-cajon-peruano/" target="_blank">dos guitarras y un cajón peruano.</a></em></p>
<p><em>La 2da parte la encuentran acá:  <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/05/29/tinta-fiera/" target="_blank">tinta fiera.</a></em></p>
<p><em>La 3ra parte la encuentran acá: <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/06/05/la-ultima-estacion/" target="_blank"> la última estación.</a></em></p>
<p><em>La 4ta parte la encuentran acá: <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/06/12/los-piojosos/" target="_blank">los piojosos.</a></em></p>
<p><em>La 5ta parte la encuentran acá: <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/06/27/la-culpa-no-es-del-toro/" target="_blank">la culpa no es del toro.</a></em></p>
<p><em>La 6ta parte la encuentran acá: <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/07/06/bajo-el-agua/" target="_blank">bajo el agua.</a></em></p>
<p><em>La 7ma parte la encuentran acá: <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/07/20/los-eslabones/" target="_blank">los eslabones.</a></em></p>
<p><em>La 8va parte la encuentran acá: <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/08/07/en-las-visperas-de-san-la-muerte/" target="_blank">en las vísperas de san la muerte.</a></em></p>
<p><em>La 9na parte la encuentran acá: <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/08/16/melodia-del-desconcierto/" target="_blank">melodía del desconcierto.</a></em></p>
<p style="text-align:left;"><em>La 10ma parte la encuentran acá: <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/09/20/una-casa-sin-luz/" target="_blank">una casa sin luz.</a></em></p>
<p style="text-align:center;"><em></em>***</p>
<p>Nunca quedó claro quién atravesó la puerta primero, tampoco si ésta estaba abierta o si los oficiales la violentaron sin pruritos, pero lo cierto es que, una vez adentro, ni Carlini ni Becerra pudieron evitar que la pena les estrujara el pecho al ver el cadáver todavía tibio del buen Gervasio, desparramado entre los costales, cubierto con el engrudo de sangre, harina y levadura, que coloreaba de rosa pálido el piso de la sala de hornos de la panadería. Carlini se tomó la cabeza y se lamentó en silencio, Becerra observó bien el cuerpo tendido, envuelto en tan ridícula mortaja. Sobre el costado derecho, la herida abierta por el facazo parecía tener vida propia; la piel y el músculo latían rítmicamente y a través del hueco se dejaba ver la carne maltrecha y rasgada. Esporádicos borbotones se abrían paso entre nervios y  tejidos, espesos y gelatinosos, según cuentan las anotaciones de la libretita de Carlini, y se deslizaban lentamente, cuesta abajo, desde el borde superior de la abertura hasta el extremo inferior, fundiéndose luego con los baldosones gastados. Según la apreciación de Becerra, la puñalada lo había sorprendido mientras amasaba con espíritu laborioso varios cientos de cuernitos y vigilantes con los que gran parte del pueblo desayunaría por la mañana, sin darle siquiera tiempo a reaccionar o defenderse. El triperío hecho jirones asomaba por el hueco oscuro que una mano obturaba inútilmente. Abrumado por la sorpresa, el asco y la incomprensión, Carlini se tapó la boca para contener el ácido digesto de empanadas que le subía por la tráquea. Los tres hornos estaban prendidos a temperatura máxima. Un viento helado soplaba desde la ventana y agitaba las cortinas de manera intermitente.</p>
<p>-       Ay, Barzola, Barzola…- dijo entre dientes el comisario mientras sacaba la cabeza por la ventana que daba a la calle trasera.</p>
<p>-       No se detiene, y no creo que vaya a parar, Comisario. Creo que estamos en la recta final…-</p>
<p>Becerra, absorto, continuaba mirando más allá del zanjón, donde el Rastrojero había permanecido en marcha. No admitía otra posibilidad: Barzola, embriagado por el exceso de adrenalina, habría de cerrar en la estancia su aventura nocturna con un bonito moño de sangre. Carlini percibió en las sombras de la cocina cómo el comisario acariciaba su arma reglamentaria, y aunque no se atrevió a comentarlo sintió un ligero escalofrío.</p>
<p>Al otro lado de la calle, donde las luces mortecinas de la panadería se fundían con las sombras de los arbustos, la noche se hacía dueña de todo y de todos, amparando a los desdichados y a los herejes con una niebla inesperada y confusa. Pero para Becerra no era la niebla, ni la ignorancia, ni el desamor lo que confundía el entendimiento de ciertos hombres, sino la ambición. Cuando la sangre contaminada empieza a hervir, difícilmente pueda uno esquivar las incorrecciones, los excesos y los malos actos. Al razonar en todo esto, Becerra no tenía en mente a Barzola sino al Gringo, un piojoso como cualquier otro, arrastrado a la desgracia por la ambición más elemental que existe. El demonio vive en los elixires oscuros y en las palabras de una mujer decidida. Que le pregunten al Gervasio, si no.</p>
<p>-       Vamos, Topito. Se acaba todo. – dijo mientras enfilaba hacia la puerta de atrás.</p>
<p>-       No se nos puede escapar, Comisario.-</p>
<p>-       No lo hará, Topito. Ya no. Vamos, muévase. Tenga a mano su pistola y no me afloje porque de aquí al amanecer será la mano más brava que nos haya tocado jugar hasta el momento.-</p>
<p>Carlini se puso serio como un condenado. Recordó a Lorenzo, a Gauna, a Martínez, a la Lucecita, al Gringo y a Pichón; pensó en el baile, en los borrachos y en el pueblo entero, que parecía no querer reconocer que la miseria se le había colado por debajo de la puerta. También recordó los días de la academia, cuando ser policía todavía era ilusión y, de vez en cuando, dispararle a una silueta de cartón contra un muro desconchado. Cubrió el cuerpo de Gervasio con un mantel cuadriculado que rápidamente se empapó de bordó; ansioso, abotonó su abrigo y salió tras su jefe. La noche era oscurísima y una manga de nubarrones espesos amenazaba con desplomarse sobre el campo. Los oficiales subieron al móvil y partieron raudamente hacia la estancia por el ripio vecinal. Entre medio de hectáreas y hectáreas de un maíz recién emergido la pregunta de Carlini rasgó el silencio como el trueno que anuncia el temporal.</p>
<p>- ¿Alguna vez tuvo que matar a alguien?-</p>
<p>Becerra miró de reojo a su joven ayudante, mas no emitió respuesta alguna. Carlini se enderezó en el asiento, extrajo la 9mm y la tocó con desconfianza como quien acaricia un perro ajeno. Recorrió con las yemas las estrías de la culata, el gatillo y la mira, y antes de volverla a guardar se aseguró de quitarle el seguro. ¡Click! Volvió a cerrar la cartuchera e inspiró profundamente. Nunca se le habían dado bien los juegos de cartas.</p>
<p style="text-align:center;">***</p>
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		<title>* no te encariñes con tus monstruos</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Oct 2011 23:47:39 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Poco después de salir del baño volvió unos pasos y sin saber bien desde dónde le había nacido ese impulso, sobre el espejo todavía empañado por el vapor de la ducha le dejó escrito un breve y ridículo mensaje de amor. O algo parecido. Unas pocas palabras, muy breves, nada originales, y su inicial pegada a un punto. El por qué determinados mensajes inequívocos, tanto para el emisor, nosotros mismos, como para el receptor, aquella única persona a la que le dedicaríamos tales mensajes, nos obligan a reafirmarlos con una rúbrica, insignificante o simbólica, es la expresión más abstracta y mejor acabada de nuestra propia inseguridad. Puede considerarse una sutil tortura, un recordatorio tan perfecto como insoslayable de que nada es lo suficientemente duradero, y de que aunque sepamos que todo desaparecerá algún día (y más aún unas pocas palabras cocinadas al vapor), tenemos la necesidad intrínseca de decir que estuvimos ahí, que hubo un momento en que fuimos parte de algo, un momento particular que nos hizo pertenecer a un entorno, a una historia. Esta es la historia de Juan. O mejor dicho, un breve repaso del día en que la línea argumental que lo había condicionado durante diez años, se diluyó sin más, como el agua que se escurre por la rejilla del lavamanos.</p>
<p>En ese momento, que después consideraría crítico y que durante años y años se reprocharía a sí mismo, sintió que esa pequeña acción cotidiana, esa demostración inusual de afecto &#8211; de las que ya no acostumbraban y parecían cada vez más enterradas &#8211; lo aliviaba de un lastre invisible que llevaba acordonado a sus pies desde hacía varios meses. Todo sucede sin que nos demos cuenta, variaciones milimétricas e imperceptibles de todas las cosas se van sucediendo día tras día, como una enorme confabulación que nos va empujando amablemente hasta que de golpe la percepción de un detalle insignificante (un cajón mal cerrado, una botella sin abrir, una raya de más en el parquet, un plato que sobra, un reflejo sobre una fuente de aluminio) nos devuelve la lucidez, y nos damos cuenta de que estamos parados sobre un borde oscuro e inestable, a punto de caer. La duración de la caída y los resultantes del impacto final variarán de acuerdo al peso específico del conocimiento que tenga sobre sí mismo el sujeto en cuestión. Supone Juan que éste fue el inicio de su autoconocimiento.</p>
<p>Cuando ella se levantó, él ya iba por el segundo café. Escuchó los pies descalzos avanzar por el pasillo, el correr de los aros de la cortina plástica, el golpe de la lluvia de la ducha contra el piso de la bañera; fue a la cocina y se quedó parado, releyendo el diario contra la mesada, un cigarrillo en la boca y el chirrido defectuoso del calefón como música de fondo. En algún momento tendría que llamar a un gasista o un plomero, pensó Juan, pero no ahora, mientras siga funcionando no tiene sentido preocuparse; además, siempre estos arreglos provisorios terminan al poco tiempo en catástrofes domésticas imposibles de evitar, es preferible dejar que el fluir natural decida el momento del final, y el del nuevo principio. Un nuevo principio. Tal vez tomar la decisión de cambiar el calefón fuera la oportunidad que estaba esperando, un rito iniciático, un cambio de paradigma en la relación que les ofreciera un aire renovado, o tal vez fuera alguna otra de las estupideces que se le cruzaban por la cabeza cuando pretendía convencerse de que podía tomar control de su vida. Ella salió del baño, se vistió rápidamente, lo saludo sonriente como todos los días y se fue a trabajar. Desde la cocina, Juan escuchó sin moverse los tacos alejarse rumbo a la puerta y luego las dos vueltas de llave que lo dejaban, otra vez, encerrado consigo mismo. Ninguno de los dos dijo nada sobre el espejo.</p>
<p>Juan encendió un cigarrillo y se sentó en el sofá. Después se recostó y se tapó con una manta, orientando la cabeza para que el sol que entraba por el ventanal le pegara de lleno en la cara y le obligara a cerrar los ojos. Quería pensar, entender las trabas de su propio funcionamiento y trabajar sobre su conducta y su fuerza de voluntad. Reflexión. Introspección. Aguantar el dolor de cabeza, resistir al sueño, ambos mecanismos de evasión. Atravesar el pensamiento de manera consciente y reflexiva, sin importar la repetición. Sin someterse al después. Confrontar consigo mismo todas esas cosas que creía que sucedían y que consideraba tan geniales, tan nada. ¿Quién sos, Juan? No tengo idea. ¿Qué estás haciendo, Juan? ¿Hacer? ¿A qué le tenés miedo, Juan? No entiendo la pregunta. No te duermas, Juan, no abandones. Pensá, para eso estamos todos acá, el sofá, la manta, el cenicero, el sol y yo, para ayudarte. ¿Querés que te ayudemos, Juan? No sé. No tengo idea. No entiendo. Bueno, Juan, colaborá un poco. ¿Cómo? Pensá. No puedo. Sí podés. No. Sí. Quiero dormir. Ahora no, Juan, no pierdas el tiempo. Pensá. Abrí los ojos y decime quién sos. Entonces Juan abrió los ojos y trató de hablar, buscó respuestas por todos lados pero por más que se esforzó no pudo encontrar nada que lo satisficiera; la angustia que lo desvelaba y que lo mantenía recluido en su casa casi por completo seguía siendo enorme, y la búsqueda de significados le resultaba dolorosa e inútil. ¿Qué sos, Juan? Ante la falta de relaciones semánticas, Juan comenzó a explorar su propia sintaxis, las coincidencias y repeticiones, las constantes y las variables, la coherencia necesaria para comprenderse. Porque yo soy un sistema, se dijo Juan, un conjunto de elementos armónicamente relacionados en el cual la percepción de la totalidad es mucho más que la suma de las partes. Un sistema funciona cuando se percibe de manera total y no sesgada, cualquier desatino en la elección o relación entre sus elementos particulares destruyen el significado mayor, y ese es el momento en que se perciben las fallas de la construcción de sentido y significado. Pero así y todo, ¿cuál es mi función? No te duermas, Juan, estamos acá. Estás llegando. ¿Qué? Estás llegando. No. Sí. Aguantá. Pero el sueño se desprendió con furia desde algún lugar, disfrazando el castigo de placer, y todas las fuerzas se redujeron a ceniza, como la del cigarrillo que Juan seguía fumando, y los ojos cedieron, el cuello comenzó a doler, el sol a calentar más y más, y la voluntad desapareció. El consuelo de Juan pudo ser creer que al otro día podría repetir este acto, y pasado, y el martes, el miércoles, y luego todos los días, hasta convertirlo en costumbre. Hasta el punto de no pensar más en eso, como hacía con todas las cosas.</p>
<p>Lo despertaron las dos vueltas de llave y los tacos acercándose. Desde el sofá la vio pasar hacia la cocina con dos bolsas llenas de provisiones. Un día más que se fue entre la ducha matinal y la cena, un lapsus de tiempo indeterminado en el que suceden cosas que no somos capaces de imaginar que suceden, una abertura natural y perversa por donde asomar el hocico y morirse de miedo. Una ventana que no muestra ningún prado del otro lado, ni bosques, ni plantaciones de naranjos, ni animales silvestres, ni olas rompiendo contra pacíficos acantilados. Ella se puso a cocinar y desde la cocina le comentó en voz alta qué tal había sido su día en el estudio, la cantidad de formularios, lo rico que estuvo el almuerzo, lo mal cogida que es la secretaria de Suárez, y lo simpáticos que le caían los chinitos del supermercado. Él fue hasta el baño, se lavó la cara, se peinó y se cambió la remera; se quedó un momento mirándose la cara en el espejo y contestó que sí cuando ella le preguntó si la había extrañado. Compartieron un vaso de soda en la cocina mientras ella seguía cocinando. Falta un rato, dijo ella. Voy hasta el kiosko, dijo Juan. Desde la esquina le pareció escuchar cómo crujían los vegetales en el aceite hirviendo del wok.</p>
<p style="text-align:center;"> ***</p>
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		<title>* betsa, vicky, y todas las otras estúpidas</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Sep 2011 02:29:50 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>No me pagan por historias como esta. Las historias que me dan de comer son pura mierda. Si buscan historias ejemplares, epifanías, masturbación semántica, altruismo, o historias de amor sin amor y sin historia, hablen con los editores. Esos son los hijos de puta más perfectos que conozco. Ni una horda de putitas quinceañeras drogadictas vividoras podría llegar a ser tan perjudicial para un cagaletras como el criterio de un editor. Vayan con ellos. No van a tener ningún reparo en ofrecerles bandejas repletas de mierda. Toneladas de mierda. Mierda a montones. Mierda que rebalsa. Mierda espesa y mierda babosa. Mierda líquida, sólida y gaseosa. Mierda de todo tipo. Satisfacción asegurada para el distinguido gusto del consumidor. Abran los ojos, cierren la boca. Hay mierda para todos. Felicidades.</p>
<p>Pero hoy no van a tener la satisfacción de verme arrastrar por esa esquina, hoy no van a degustar mis deposiciones. Para eso vuelvan el martes. Existen momentos en los cuales hay que ceder, prostituirse, y conformar al otro. Para esta detestable faena yo elegí los martes. Lo aprendí de Betsa. La primera vez que cogimos, apenas terminamos el segundo polvo, se tomó un vaso de agua, se tapó las tetas con la sábana y en un claro abuso de confianza empezó a hablarme de mí. Tenía una voz horrorosa, insoportable, pero tenía un culo tan perfecto y voraz que cuando te la cogías te hacía sentir que existía un significado único de la vida, y estaba ahí adentro. Nunca volví a ver algo así. Era hipnótico y adictivo. Si no me dormí después de acabar y me quedé escuchándola con atención fue por pura lascivia, quería seguir visitando ese culo tantas veces como me fuera posible.</p>
<p>-       Tenés que mentir. Todos mienten. Tu problema es que creés que tu verdad es más interesante que las otras. Y la realidad es que a nadie le importa un carajo de nada. La sinceridad no te va a llevar a ninguna parte, olvidate. – me dijo mientras estiraba la pierna derecha hacia el techo y se miraba las uñas mal pintadas. &#8211; Para fracasados estamos todos los demás, los que tenemos que laburar todo el  día porque no servimos para otra cosa. Vos no tenés que laburar, solamente tenés mentir un poco más. ¿Qué vas a hacer? ¿Seguir con la queja vacía de todos los días? Por ese camino lo único que vas a conseguir es cogerte alguna idiota como yo de vez en cuando. -</p>
<p>-       No es un mal plan. – No se me ocurrió qué otra cosa decirle, no estaba en un momento reflexivo. Me miró con odio. Se dio vuelta y se durmió. Me senté en una silla, la observé largo rato; los pies, las piernas, la espalda, el cuello, las orejas, el castaño oscuro de las raíces que asomaban entre el rubio artificial. Después me puse a mirar por la ventana.</p>
<p>Nadie me hablaba con tanta franqueza y lucidez como Betsa. No era loca ni prostituta. Ni borracha ni drogadicta. Era rosarina, tenía veintitrés años y trabajaba como empleada en una farmacia. Estuvimos juntos casi seis meses. No voy a hablar de amor, porque no lo hubo. Sería fácil decir que nos enamoramos, que nos quisimos hasta enfermarnos, que crecimos como individuos el uno junto al otro, y que la fatalidad del destino nos separó injustamente. Pero para eso hablen con los editores. Entre Betsa y yo no sucedió nada de eso. Como la mayoría de los bichos egoístas que andan dando vueltas por ahí, los dos dejamos que las cosas nos pasaran de costado y fuimos perdiendo interés en la relación. Se fue sin devolverme las llaves. Nunca volvió de sorpresa a prepararme la cena. Lo que más extraño, además del sexo y las conversaciones nocturnas, son los alplax y los rivotriles que traía escondidos en la cartera cada vez que me visitaba. Sin duda ella perdió mucho menos que yo.</p>
<p>Después de Betsa llegaron muchas otras, como ella misma había predicho. Pero la más estúpida de todas fue Vicky. Tal vez debido a una neurosis de abandono o simplemente por idiotez congénita, estaba convencida de que a mí me encantaba cumplir sus pedidos triviales. “Escribime algo”, me decía como si yo no tuviera otra cosa mejor que hacer que revolverme en esa mierda. La mujer es un medio, no un fin. Pero ella ni lo sabía ni lo imaginaba. No cedí ni me traicioné, sólo la estafé. Durante un par de meses transcribí algunos versos de Benedetti sobre servilletas de papel, agregaba alguna dedicatoria cursi, a veces más cursi que el mismo poema, y se las entregaba puntualmente, todos los martes, junto con una cajita de fósforos. Leer y quemar, era la consigna. Vicky leía, quemaba, y sonreía. Un día me sorprendió.</p>
<p>-       Yo sé que vos no me escribís las cosas que me querés hacer creer que me escribís. –</p>
<p>-       Aja. – le di espacio para que se explayara.</p>
<p>-       Pero no me importa. Porque el esfuerzo es el mismo. Me pone contenta que te tomes ese trabajo para hacerme sentir bien. –</p>
<p>-       Ok. – contesté. Me paré y me vestí. Nunca más la vi. Nunca más la llamé, ni nunca más le atendí el teléfono. Demasiadas cosas tenía yo en mi cabeza como para tener que tolerar a una persona así de conformista. Ni siquiera tenía el culo de Betsa. Ni cerca.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>* una casa sin luz</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Sep 2011 13:22:49 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Décima (sí, décima!) entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog “Proyecto Anecdotario”.  La 1ra parte la encuentran acá:  dos guitarras y un cajón peruano. La 2da parte la encuentran acá:  tinta fiera. La 3ra parte la encuentran acá:  la última estación. La 4ta [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuentochino.wordpress.com&amp;blog=8762134&amp;post=753&amp;subd=cuentochino&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:left;"><em><span style="color:#ffcc99;">Décima (sí, décima!) entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog</span> <a href="http://t.co/TypMvZb" target="_blank">“Proyecto Anecdotario”. </a></em></p>
<p style="text-align:left;"><em><span style="color:#ffcc99;">La 1ra parte la encuentran acá:</span>  <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/05/20/dos-guitarras-y-un-cajon-peruano/" target="_blank">dos guitarras y un cajón peruano.</a></em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">La 2da parte la encuentran acá:</span>  <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/05/29/tinta-fiera/" target="_blank">tinta fiera.</a></em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">La 3ra parte la encuentran acá:</span> <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/06/05/la-ultima-estacion/" target="_blank"> la última estación.</a></em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">La 4ta parte la encuentran acá:</span> <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/06/12/los-piojosos/" target="_blank">los piojosos.</a></em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">La 5ta parte la encuentran acá:</span> <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/06/27/la-culpa-no-es-del-toro/" target="_blank">la culpa no es del toro.</a></em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">La 6ta parte la encuentran acá:</span> <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/07/06/bajo-el-agua/" target="_blank">bajo el agua.</a></em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">La 7ma parte la encuentran acá:</span> <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/07/20/los-eslabones/" target="_blank">los eslabones.</a></em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">La 8va parte la encuentran acá:</span> <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/08/07/en-las-visperas-de-san-la-muerte/" target="_blank">en las vísperas de san la muerte.</a></em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">La 9na parte la encuentran acá:</span> <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/08/16/melodia-del-desconcierto/" target="_blank">melodía del desconcierto.</a></em></p>
<p style="text-align:center;"><em></em>***</p>
<p>Con ojos de basilisco se encendió el estupor en las caras del Zurdo y Pichón cuando escucharon al Gringo anunciar al micrófono: <em>“Acá los dejo con el Negro Funes, que se va a tocar unas zambitas mientras yo descanso un rato. ¡Aplausos, por favor!”</em>. El Negro subió a la tarima con su guitarra en la diestra y los nervios en flor. Los músicos intercambiaron dos o tres palabras, y mientras la Lucecita, pícara, alentaba a las parejas a no abandonar la pista, un “adentro” optimista dio pie a una nueva tanda musical. Ningún borracho notó la diferencia de intérpretes. Aunque a Don Miguel al principio le llamó la atención el cambiazo, el Negro tocaba bastante bien y cantaba mejor que el Gringo, por lo cual todo el mundo quedó satisfecho. Mientras tanto, arropado por las vicisitudes del jolgorio, el Gringo se adentró con paso firme en las fauces oscuras de la estancia.</p>
<p>Lejos de allí, pero no tanto, Carlini y Becerra continuaban con su investigación gracias a las ausencias que obsequiaba la fiesta. Un edredón negro noche se extendía por las calles del pueblo cubriendo de sombras las acciones y pensamientos de los hombres de la ley, que ingresaron a lo de la Lucecita por la puerta del fondo.</p>
<p>-      Lo quiero bien despierto, Topito. Revisemos milímetro a milímetro este rancho. Necesitamos algo que nos alumbre, cualquier cosa que relacione a esta mocosa con el Gringo, con las muertes o con lo que carajo sea, nos va a venir bien. Abra bien los ojos. Falta poco para que en la fiesta se calmen las tabas. ¡Apúrese, vamos! -</p>
<p>La Lucecita demostró ser una mujer simple y austera. En la casa reinaba el orden y la practicidad. Por todo lujo ostentaba una moderna radio Philips. Eso facilitó la tarea de los oficiales, quienes como dos sabuesos buscaron posibles pistas por todas las cajoneras, repisas, mesas y mesitas. Husmearon bajo la cama y en el baño, en los frascos de la cocina y entre las hojas de los pocos libros de la biblioteca.</p>
<p>Como resultado de la intensa actividad, de a ratos y por lo bajo Becerra echaba maldiciones a su viejo esqueleto dolorido; viendo escasear sus fuerzas, apagaba la linterna y exhalaba sólidas vaharadas de frustración. Se sentó en el piso de la habitación, apoyó la espalda contra la cama y se sostuvo la cara con la mano. ¿Dónde se estaba equivocando? ¿Cuál era el detalle que se escapaba? Lo atormentaba el no poder hallar la clave para interpretar todo el asunto. No deseaba más cadáveres en su pueblo, pero sus deseos habían comenzado a hundirse en las aguas del fracaso. El comisario era un hombre íntegro y de pujante voluntad, aunque por momentos se le entristecía el espíritu y pensaba que en infiernos tan pequeños la búsqueda de la verdad era simplemente una quimera. Pero nadie se muere en la víspera, y no hay muerto sin velorio. El llamado de la esperanza atravesó la oscura quietud de la casa como el chispazo de un arco voltaico. Becerra levantó en un santiamén su alma del piso y el semblante se le llenó de ilusión. Era la voz de Carlini, que desde la sala le contagiaba al comisario el entusiasmo por haber descubierto una nota sobre la mesa de la cocina. No obstante, antes de ponerse en marcha, Becerra fue atropellado brutamente por su ayudante, quien a toda velocidad lo empujó adentro de un pequeño lavadero.</p>
<p>-      ¿¡Pero qué hace, Carlini!?-</p>
<p>-      ¡Shhh, entró alguien!-</p>
<p>Al cerrar la puerta tras de sí, ambos oficiales quedaron amontonados en el pequeño cuarto de lavar. Forzadamente quieto y en silencio, contorsionado entre mangos de escobas, palas y cajones con ropa sucia, Becerra sufrió dos calambres que le aniquilaron las piernas. Por fortuna, Carlini manoteó la boca del comisario para ahogarle el grito, mientras acomodaba el ojo contra el bocallave de la puerta. La casa estaba iluminada. En el centro de la cocina, de pie ─aunque tambaleante por el alcohol y sosteniendo entre sus manos la nota que hallara Carlini─ Agustín Barzola resollaba como un toro bravío. Abolló el papel, lo arrojó al piso y abandonó la casa con paso decidido y amenazante. El quejido metálico del Rastrojero alejándose se apagó poco tiempo después. Becerra salió del lavadero con el apuro y el entumecimiento propios de un detective a punto de resolver el último caso. Por su parte, Carlini se apuró hacia el bollito de papel y comenzó a leerlo torpemente.</p>
<p>-      Parece estar escrita por una mujer, comisario, es letra prolija y redonda. Está dirigida al Gervasio, el de la panadería. Yo creo que la Lucecita está tirando de los hilos peligrosamente, comisario. &#8211; Becerra escuchó con atención las palabras de Carlini: amor, pasajes, martes, tren y Buenos Aires.</p>
<p>-      Vamos a la panadería ya mismo.-</p>
<p>-      Está cerrada ahora&#8230;-</p>
<p>-      Cállese y sígame, Carlini. Tiene mucho que aprender aún. –</p>
<p style="text-align:center;">***</p>
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		<title>* el corso fantasmal (parental advisory in crescendo)</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Sep 2011 02:04:05 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Escribo con la distancia propia del que no estuvo nunca en ningún lugar. No puedo precisar si fue gradual o de repente, pero un día me di cuenta de que había perdido la capacidad de transmitir lo que sentía. Asumo que fue gradual. Los recuerdos y sensaciones fueron desapareciendo como el polvo que estalla en el aire cuando soplamos un mueble adormecido, en deformes partículas calcinadas por los rayos del sol. Después de largo tiempo, días, meses, años, intentando encontrar una solución, pensé que lo mejor era recurrir a la experiencia; empecé a buscar en mi memoria los fragmentos de aquello que había perdido sin darme cuenta, a hurgar en mis recuerdos y repasarlos sistemáticamente para reconocer las sensaciones y traerlas nuevamente hasta mí. No funcionó. En algún tramo había perdido la conexión. Me encontré detenido en el tiempo, flotando en alguna parte dentro del devenir de alguna cosa, sin hacer ni pensar ni desear. Lo que más miedo me daba era la sensación de soledad, la única que conservaba. Me sentía cada vez más apartado de todo, separado de la realidad, alejado de las personas que me rodeaban. Mi primera reacción fue la de culpar a los demás, a su falta de percepción, a vivir presos de un conformismo miserable que los llevaba de las narices a aceptar sin cuestionar; veía solamente máscaras detrás de las cuales no podía imaginarme ninguna sonrisa, ya no sabía quiénes eran, tan distintos a mí, tan iguales entre ellos. Una farsa gigantesca, pero que a la vez me atemorizaba por el poder que tenía y que crecía cada vez más. Mi condición empeoraba y me anillaba sobre mí mismo como una víbora verde amarronada. Fracasaba. Me encerraba, me quedaba mudo, me forzaba a mí mismo a hacer algo que ya no podía hacer, inconscientemente, para protegerme de esa frustración, habitaba una nebulosa enorme y potente que me impedía concentrarme en algo concreto. Era una presión leve pero constante, y en aumento, en el medio de la frente, una superficie extraña que latía, se achicaba y se concentraba en un punto, como un átomo, me aplastaba el cerebro, cortaba la sinapsis, y eliminaba los puntos de mis oraciones. Lo único que quería hacer era dormir. Siempre. Todo el tiempo. Dormir y sólo dormir. La confusión me abrumaba. Pero no podía rendirme. Confieso que muchas veces me di vergüenza a mí mismo por mi lógica barroca. En el centro está la luz, me repetía. El gran diferencial fue la noción de felicidad. Mi noción de felicidad. Contrastaba tanto del resto que me empezaron a molestar, a entristecer, sentía que me iba a seguir marchitando lenta, pasivamente, si permanecía tan cercano a esas personas. A todas las personas. Cuestión de paradigmas. Y otra vez el miedo. Pensé entonces en cómo hacer para resistir, para no extinguirme. Entendí que si exploraba más allá de mí mismo tal vez pudiera descubrir la falla en la barrera que nos separaba. Pero tampoco funcionó. Explorando la otredad me topé con un efecto inverso al esperado, me espanté al darme cuenta que esa otredad, lejos de completarme y darme sentido como parte de un todo, me resignificaba como portador de un paradigma diferente. Pero no como el único. Entonces volvió la esperanza. Tenía que encontrar a los otros, a mis iguales, mis compañeros. A los que igual que yo se desvanecían día a día contrariados por el sinsentido de pertenecer. El desafío era encontrarlos, ¿cómo encontrar a los que eligen convertirse en fantasmas por puro egoísmo? ¿Y cómo generar unión entre aquellos que se encierran a cada paso más profundamente en su interior? ¿Dónde encontrar a los errantes del pensamiento? ¿En qué lugar se refugian esos leprosos intransigentes? Lo supe al instante. En el vicio. Porque en el vicio de un hombre se esconde el más profundo de sus dolores. Y más allá del dolor está la verdad. Y antes de eso, nada. Un hombre sin vicios es un hipócrita, un reprimido, un fantoche execrable en busca de redención, una basura a la que lo único que le interesa es mostrarse impoluto. Vivimos rodeados de amantes de la perfección y de la verdad, pero la otra, la de todos los días, la hegemónica, la incuestionable. Lo que no saben, estos señores que manejan con cuidado y cuidan sus pertenencias, estos señores que piensan (o creen pensar) que la dignidad es discursiva y que la coherencia es una virtud eterna, es que la verdad que tanto defienden pero que jamás se animan a buscar, es una verga enorme y caliente que se abre paso sin distinguir entre culo flaco o culo gordo, y que con la primera embestida te llega hasta la garganta dejándote mudo, con el nuevo mundo ante tus ojos extraviados en sangre. Entonces, señores perfectos, honestos, bienaventurados, intachables, inmaculados, ¡conserven el culo sano y sigan encomendándose a los santos que prefieran, que este desfiladero es demasiado angosto para que lo caminen los timoratos y los advenedizos como ustedes! ¡Sepan ustedes, nuevos hombres en fuga del siglo veintiuno, que nosotros, los saltimbanquis de este Corso Fantasmal, los que todavía nos negamos al desfile público por la avenida, nos encontramos, nos abrazamos, nos reinventamos una vez más! Y sepan también que preferimos esperar el final con la verga en la mano antes que con un libro de oraciones en el bolsillo.</p>
<p style="text-align:center;">***</p>
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		<title>* melodía del desconcierto</title>
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		<pubDate>Tue, 16 Aug 2011 18:10:25 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[*** Novena entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog “Proyecto Anecdotario”.  La 1ra parte la encuentran acá:  dos guitarras y un cajón peruano. La 2da parte la encuentran acá:  tinta fiera. La 3ra parte la encuentran acá:  la última estación. La 4ta parte [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=cuentochino.wordpress.com&amp;blog=8762134&amp;post=732&amp;subd=cuentochino&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><em>***</em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">Novena entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog</span> <a href="http://t.co/E7yYF0M" target="_blank">“Proyecto Anecdotario”. </a></em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">La 1ra parte la encuentran acá:</span>  <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/05/20/dos-guitarras-y-un-cajon-peruano/" target="_blank">dos guitarras y un cajón peruano.</a></em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">La 2da parte la encuentran acá:</span>  <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/05/29/tinta-fiera/" target="_blank">tinta fiera.</a></em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">La 3ra parte la encuentran acá:</span> <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/06/05/la-ultima-estacion/" target="_blank"> la última estación.</a></em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">La 4ta parte la encuentran acá:</span> <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/06/12/los-piojosos/" target="_blank">los piojosos.</a></em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">La 5ta parte la encuentran acá:</span> <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/06/27/la-culpa-no-es-del-toro/" target="_blank">la culpa no es del toro.</a></em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">La 6ta parte la encuentran acá:</span> <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/07/06/bajo-el-agua/" target="_blank">bajo el agua.</a></em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">La 7ma parte la encuentran acá:</span> <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/07/20/los-eslabones/" target="_blank">los eslabones.</a></em></p>
<p><em><span style="color:#ffcc99;">La 8va parte la encuentran acá:</span> <a href="http://cuentochino.wordpress.com/2011/08/07/en-las-visperas-de-san-la-muerte/" target="_blank">en las vísperas de san la muerte.</a></em></p>
<p style="text-align:center;">***</p>
<p>A un costado del escenario improvisado, el Gringo y el Zurdo afinaban las guitarras, con el mismo gesto adusto y desconfiado que se les había instalado en la cara el día en que aceptaron la propuesta de Don Miguel. <em>“A la mala espina se la debe respetar”</em>, decía siempre el Zurdo. El Gringo, cuyas preocupaciones excedían largamente las de su compadre, aceptaba esa sentencia, pero callaba. A veces no hay mucho que hacer contra los deseos del tallador; se aceptan las cartas y se juega con el pico cerrado tratando de evitar el mazo. Cuando los armónicos dieron el visto bueno a la afinación, los músicos respiraron hondo, se acomodaron las pilchas, los pañuelos de rigor, y se dispusieron largar el espectáculo. Desde el centro de la tarima, Pichón repicaba los dedos suavemente sobre el cajón, cortando a gatas la modorra de la concurrencia y concentrando algunas miradas vidriosas fruto de la sobremesa. Como se sabe, en cualquier festejo el hambre es lo primero que se acaba, mientras que la sed es mucho más brava de saciar; la humedad de la pampa reseca el alma y el espíritu, valga la contradicción.</p>
<p>Los primeros acordes se mezclaron con algunos aplausos tímidos y palabras inentendibles a las que el Gringo no prestó atención, pero que Pichón y el Zurdo consideraron de aliento. La “Chacarera de la Redención” rompió el hielo y la quietud reinante. El trío era ciertamente virtuoso. A pesar de lo inestable de la percusión, la energía que contagiaba era capaz de animar un velorio a cajón cerrado. Con el profesionalismo como bandera, el Gringo empujaba sus malos pensamientos e inevitables sospechas hacia el fondo, trataba de mantener la calma y el compás en medio de todo ese revoltijo en el que veía enredarse más y más. Sin embargo, su mirada mañera se le escapaba por todo el lugar en busca de la figura gentil de la Lucecita, que hasta ese momento se destacaba por su ausencia. Las primeras parejas se animaron y le entraron al bailongo sin esperar demasiado. Bien al fondo, donde los copetudos los pusieron por las dudas de que tuvieran olor rancio, el “Esqueleto” Borghesi, Benítez y los demás peones golpeaban la mesa con sus manos renegridas. Y aunque era aún temprano para estar entonado, el tape Ensina se le animó al estribillo con su vozarrón de llano herido. No faltaron las palabras a la memoria del difunto  Juan Gauna y para la viuda que lo lloraba. Curiosamente, nadie recordó al malogrado Lorenzo.</p>
<p>El baile ideado por Don Miguel transcurría sin tropiezos. Su deseo de mostrar que en la estancia nada era tan grave parecía satisfecho. A un costadito de la pista, con sendos vasos de sangría sin tomar, Becerra y Carlini repartían sus sentidos entre el jolgorio y el deber. Tenían orejas de sobra para los corrillos y también para la música, y con los cuatro ojos podían atender no sólo al Gringo y Barzola, sino también, y por qué no, al mujeraje fatal. Del otro lado de la pista, el oscuro capataz aguardaba su momento de pie contra una acacia. Los hombres de la ley parecían esperar ese mismo momento para hacer su jugada. Pero los hechos estaban a punto de desbocarse como bagual asustado. Miradas oblicuas trazaban la pista. Don Miguel observaba al Gringo; el Gringo vigilaba a Carlini y Becerra, y éstos miraban cómo Barzola, haciéndose el desentendido, relojeaba el camino que bordeaba el casco.</p>
<p>Los que no estaban borrachos notaron el gallo del Gringo en el tercer valsecito, justo cuando llegó al lugar, tardía y en soledad, la Lucecita. Todas las miradas recayeron en ella. Traía maquillada en el rostro una inocencia en la que ya nadie creía. En eso, los amigotes de Juan Manuel comenzaron a revolearlo al aire entre vítores y carcajadas mientras Don Miguel aplaudía contento. En ese breve y extraño desorden general, los investigadores reaccionaron con velocidad de culebra. El momento había llegado.</p>
<p>-  <em>Ahora, Topito, ¡vamos! ¡Largue ese vaso, caramba! - </em> exhortó Becerra excitado, antes de tomar raudamente el camino de salida. Carlini dejó el vaso en una mesa cualquiera y lo siguió.</p>
<p>- ¿Está seguro de que es el momento? &#8211;  preguntó.</p>
<p>- ¡Por supuesto! La mejor manera de sorprender en este ajedrez es jugar a las damas, Topito. ¡Sígame! -</p>
<p>- Es usted brillante, comisario. -  dijo maravillado Carlini mientras anotaba la máxima con letra chueca y apresurada en su libreta de apuntes.</p>
<p>Media hora después, Barzola abandonaba la estancia en su rastrojero. Ante una seña inequívoca de la Lucecita, que había visto partir a su padre, el Gringo también supo que había llegado su momento de actuar como solista.</p>
<p style="text-align:center;">***</p>
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