* la crecida

Duodécima entrega de la saga del Gringo y la Lucecita, obra en colaboración con el Sr. Blopas, que también pueden encontrar en su blog “Proyecto Anecdotario”. 

La 1ra parte la encuentran acá:  dos guitarras y un cajón peruano.

La 2da parte la encuentran acá:  tinta fiera.

La 3ra parte la encuentran acá:  la última estación.

La 4ta parte la encuentran acá: los piojosos.

La 5ta parte la encuentran acá: la culpa no es del toro.

La 6ta parte la encuentran acá: bajo el agua.

La 7ma parte la encuentran acá: los eslabones.

La 8va parte la encuentran acá: en las vísperas de san la muerte.

La 9na parte la encuentran acá: melodía del desconcierto.

La 10ma parte la encuentran acá: una casa sin luz.

La 11ava parte la encuentran acá: sangre y harina.

***

La chacarera embravecida que el negro Funes rasgueaba en el escenario mantenía sobre la pista a la única pareja que se negaba a aceptar el final de la fiesta. Don Miguel se preguntaba si tanto jolgorio y festejo habrían valido la pena, para responderse -con la experiencia del hombre curtido a lonjazos- que de nada sirve sacar conclusiones tempranas de los hechos que todavía no terminan de acabarse. Y Don Miguel sabía que todo acaba en el nuevo amanecer. Los invitados se fueron retirando como torcazas al borde del día. Primero partieron los productores de las estancias vecinas; más tarde, vacilantes por la bebida y ajenos a la vergüenza, los peones enfilaron para el galpón. Por momentos, la noche se hacía día de tanto refucilar. Muy pronto el cielo caería de plano sobre los surcos.

Pero no todo era abandono. A contramano de los que escapaban de la fiesta, un vehículo ingresó por la tranquera del fondo y de él bajó una silueta escurridiza y fugaz que se perdió entre las sombras. Barzola sonrió, sabiendo que la oscuridad y los estertores de la fiesta habían apañado el secreto de su llegada. Siguió a paso firme y preciso hasta su puerta, conocía de memoria cada centímetro del camino, la empujó y entró. Ya en el centro de la sala, cuando enfilaba para la pieza, escuchó claramente una respiración que no era la suya, tranquila y profunda, que desde la penumbra del rincón sur lo invitaba a un diálogo inevitable. La sonrisa de Barzola se deshizo y su mano derecha inició el tan familiar recorrido por la cintura.

- Tranquilo, Barzola, que te estoy viendo…-  dijo el Gringo mientras hacía campanear contra el piso de cemento el acero de su faca. – Te estoy viendo y te vi… yo sé lo que hiciste… y también sé qué es lo que vas a hacer…-

- ¿Vos en mi casa, piojoso de mierda? ¡Rajá de acá! – dijo Barzola en voz baja y firme, como apretando con odio los dientes, tragando la misma ponzoña amarga con que impartía las órdenes cada mañana. No lo sorprendía tanto esa presencia molesta a sus planes como el tuteo rasposo con el que el Gringo le hablaba. De repente comprendió que la llanura en el trato y la tormenta irrespetuosa traían consigo una desgracia inevitable

- Callate y date vuelta despacio. Vamos a caminar un rato.-  Una vez de pie, se acercó al capataz hasta hincarle apenitas la punta de la faca en la espalda. Barzola apenas reaccionó, como si en vez de piel la naturaleza le hubiera puesto un cuero de buey. El Gringo lo desarmó con lentitud y dejó el acero de Barzola apoyado sobre la mesa. – Caminá, vamos para la cárcava…-

- Le estás errando fiero, muy fiero.-  Barzola disparaba amenazas aún confiado en su valor y en la imagen que creía que conservaba. Pero su imaginación nunca había contemplado el hecho de que el Gringo hacía ya un buen rato que había dejado de ser un piojoso como los otros, lleno de miedo y angustia, para dar paso al hombre duro, decidido e impiadoso que era en el fondo.

- Caminá.- susurró una vez más en un tono tan frío y cortante que el capataz obedeció sin agregar una sola palabra.

Una seguidilla de relámpagos violáceos recortó contra las nubes los perfiles de ambos hombres. Caminaban hacia la cárcava uno detrás del otro, rasgando la bruma que los empapaba sin preguntar. A medida que se iban acercando a destino el viento ganaba en intensidad. El sombrero de Barzola voló lejos y el Gringo debió agarrarse el saco y la camisa con la mano libre. Un trueno ensordecedor estalló de repente y ambos -por instinto- elevaron sus miradas al cielo. Ramas de eucaliptos añejos rodaban por el pasto con un fondo sonoro de relinchos aterrorizados. Cincuenta metros adelante las gotas empezaron a golpear la tierra como guijarros de granito, y segundos después, el aguacero infinito. El arroyo había comenzado a correr más fuerte por el fondo de la cárcava, desde donde brotaban melodías erráticas pero acompasadas. Barzola y el Gringo siguieron su camino como si el Apocalipsis no estuviera ocurriendo, como si ellos fueran simples personajes siguiendo un destino escrito e ineludible.

***

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